Fall-Winter octubre
2014
Contemporary art & theory journal
Ese fantasma con tetas.
Daniela Gil
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“It’s
too bad she won’t live, but then again… Who does?”
Blade Runner
Considero importante la exploración de la mirada masculina en la
representación femenina y su entendimiento de los diversos matices que
permean a este personaje llamado mujer, Aquello que uno entiende sobre
su
semejante es un reflejo de ambos. Creo que es posible entender e
incluso cancelar un símbolo a partir de la naturaleza múltiple de su
representación. En las miradas aquí incluidas, la
mujer es un abismo incomprensible, contradictorio, que muta del ideal a
la pesadilla,
de la pasividad fantasmagórica a la sexualidad mortífera. No alcanza el
presente texto
para abordar las muchas ramas del arte que a lo largo de la historia
han encarnado este carácter. Este texto solo aborda algunas
proyecciones que resuenan en mi mente. Comenzaré por un director
de cine cuya exploración del sujeto femenino resulta sumamente amplia y
ambivalente. Las mujeres de David Lynch son para mí un espejo
ineludible.
En las películas de David Lynch, los matices psicológicos que
revisten las relaciones entre sus personajes tienen un filo particular.
Slavoj Zizek plantea en su ensayo David Lynch o la depresión femenina,
que las mujeres representadas por el director distorsionan el proceso
acción-reacción: las mujeres proyectan en su interior una visión
distorsionada de las causas externas. De esta forma, la respuesta de la
mujer ante un estímulo aparece de manera desproporcionada, un
cortocircuito en la relación pragmática entre causa-efecto que conduce
a un comportamiento siempre imprevisible. Con ella, el orden
lineal de la causalidad se rompe deviniendo en misterio. Como expresa
Kyle MacLachlan cuando expone su situación a Laura Dern en Blue
Velvet: "I am involved in a mystery. I'm in the middle of a mystery and
is all secret (…) You are a mystery and I like you, very much".
En Blue Velvet, Laura Dern representa la cara visible de la moneda, la
superficie a conquistar, el plano accesible de lo femenino encarnado en
esa hermosa rubia norteamericana, mientras que Isabella Rossellini es
el alter ego oculto, sadomasoquista, amenazante y erótico que atrapa a
Kyle MacLachlan a través del voyeurismo y la transferencia emocional,
dada la situación que vive con Frank (Dennis Hooper). Las dos mujeres
en Blue Velvet son la misma, ambas objetos de deseo, uno
tangible/accesible y otro fantasmagórico, erótico, violento, masoquista
y depresivo. Esta ambivalencia, este contraste entre dos universos que
habitan un mismo cuerpo, es una constante en las películas de David
Lynch, no se puede olvidar el caso de Lost Highway o Twin Peaks, donde
el patrón es el mismo. Para Lynch la mujer contiene la mas compleja
carga subjetiva. Zizek encuentra un rasgo común en sus personajes, la
depresión: ¿qué es esta depresión femenina que suspende el lazo
causal, la conexión causal entre nuestros actos y los estímulos
externos, sino el gesto fundante de la subjetividad, el acto de
libertad primordial, por el cual rechazamos nuestra inserción en el
nexo de causas y efectos? El nombre filosófico para esta “depresión” es
negatividad absoluta, lo que Hegel llamó “la noche del mundo”, el
retiro del sujeto en sí mismo. En síntesis, la mujer, no el hombre, es
el sujeto par excellence. Y el lazo entre esta depresión y la
indestructible sustancia vital es también claro: la depresión, el
retiro en-sí-mismo, es el acto primordial de recogimiento, de
mantenimiento de una distancia respecto a la indestructible sustancia
vital, haciéndola aparecer como un destello repulsivo."
En Twin Peaks, Laura Palmer es por un lado la chica popular y bella, la
prom queen, mientras que su cara oculta es poseída por una bestia
fantasmagórica: “¿Do you want to play with Bob?” Le preguntan
constantemente sus fantasmas. Su contracara juega con el demonio, que
se alimenta de exceso, perversión, manipulación y evasión depresiva.
Bob termina por convertirse en Leland, el padre de Laura, en la
película Fire Walk With Me, precuela de la serie en donde se destapa el
asesinato de Laura. Curiosamente, la figura del padre encarna a esta
entidad fatasmagórica para finalmente asesinar a su hija. Laura Palmer
oscila entre el rostro encantador imposible de negar y una bestia voráz
seductora y autodestructiva. Su rostro se va descubriendo poco a poco,
muy distante de aquella “donna ideale” que encarnaba al inicio. Siempre
existe una alteridad, un doble conflictivo en las mujeres de
Lynch. Imposible olvidar Lost Highway, bajo esta misma
caracterísitica: Fred Madison vive bajo el gobierno de una entidad
fatasmagórica femenina que también muta hacia otra cara de sí misma.
Primero está Renee, su esposa, a la cual asesina inconscientemente en
su casa, la descuartiza, para ser precisos. Posteriormente entra en un
deslizamiento de relaidad que lo convierte en Pete Dayton, un joven
mecánico. Su objeto de deseo muta de Renee a Alice Wakefield, la
mistress de Mr. Eddy; mujer poseedora de una voracidad seductora que
resulta ser estrella en las películas pornográficas producidas por él y
arrastra a Pete en un frenesí de erotismo y manipulación para ayudarla
a escapar con la falsa promesa de un futuro. Recordemos esa oscura
escena sexual en el desierto donde Alice susurra al oído de Fred la
frase “you´ll never have me” . Ambos personajes son interpretados por
Patricia Arquette. Renee tiene el cabello negro y es la imagen ideal,
la virgen/esposa, aunque siempre sumergida en un aura de orscuridad
misteriosa. Alice es rubia, la pesadilla, la puta, la femme
fatale que se presenta ante Pete en un papel de seductora vulnerable,
supuestamente abusada y controlada por Mr. Eddy, sin embargo poco a
poco los rasgos del personaje van retratando un doble juego en donde
ella goza la dominación violenta de Eddie sobre su cuerpo y se
aprovecha de ello. Manipula con gracia la ceguera de Pete. Anna
Schaffner encuentra en las películas de Lynch la común caractarística
de un deseo obsesivo-destructivo en las relaciónes de sus personajes,
las miradas masculinas se sumergen en particiones esquizo-paronoides
perceptivas hacia el objeto femenino, entre el ideal y la pesadilla.
Lynch toma el cliché binario de la representación femenina para
fundirlos y cancelarlos entre sí a través de una hipérbole
irónica. El mise-en-scène como una forma de enfrentamiento entre
ambas narrativas, termina por fundir ambos reflejos en una sola imagen,
profundizando la representación de la subjetividad femenina. Las
mujeres de Lynch están ligadas a un terrible gobierno sobre el deseo
que al mismo tiempo las gobierna ineludiblemente.
Lacan llega a decir que toda realidad es fantasmática y el sujeto la
hace a su medida. Genevieve Morel, en el análisis sobre Mullholand
Drive contenido en su libro Pantallas y sueños. Ensayos psicoanalíticos
sobre la imagen en movimiento, ubica una contracara mortífera y
destructiva del superyo en lo social, la pantalla del fantasma,
fantasma y realidad como los dos lados de la misma pantalla. Su interés
se enfoca en la relación entre las dos mujeres protagonistas. La
pantalla es la identificación, el otro como depósito de mi
identificación narcisista: la joven que llega a Hollywood se identifica
con la joven que encuentra en casa de su tía. Se observa en su otra
como imagen/objeto, como falta y diferencia, en este espejo narcisista
tanto en la actriz como en la joven aspirante hay algo que se fisura,
lo cual permite que se cuele el delirio. Una vez mas
tenemos el doble espejo, la locura de la comparación y la ceguera
deseante. En Lynch la histeria se hace presente a través de una
relación torcida entre subjetividad, estructura y deseo que ocurre al
interior de la mujer. No sucede lo mismo en la historia de la pintura,
donde durante siglos la mujer fue encarnación de miradas externas:
virgen, mártir, bruja, puta. El velo que recubre el símbolo coloca la
subjetividad en un plano secundario o nulo y oscila normalmente entre
la virtud, el erotismo ó la muerte. Un ejemplo es la Hermandad
Prerrafaelita, como muchas figuras del romanticismo. Aquí ya no
es el comportamiento imprevisible del deseo lo que se acciona, sino un
estado psíquico de represión donde se aborda el objeto y se excluye al
sujeto. En este caso me interesa una forma idílica de la representación
femenina que se mezcla tanto con la pasividad como con la fatalidad.
Estas imágenes son casi una antesala de la imagen publicitaria y
habitan una atmósfera siniestra. Slavoj Zizek, en el mismo ensayo
mencionado anteriormente, relaciona los rasgos psicológicos de las
mujeres representadas por esta escuela con el universo de Lynch.
Subrayo lo que comenta sobre la obra de William Holman Hunt: “Una
mirada más atenta, nos enfrenta con una dimensión profundamente
perturbadora en su obra; sus pinturas no dejan de producir cierto
malestar, un sentimiento indeterminado en donde a pesar del contenido
idílico y elevado, hay algo que desentona […] La sexualidad que irradia
la pintura es húmeda, malsana, está impregnada con la putrefacción de
la muerte […] estamos ya ante el universo de David Lynch”. Los
prerrafaelitas pintaban con un exceso de realidad que devenía en
artificialidad. Hay abismos en esas mujeres. Considero que estos
aspectos pueden observarse también en las pinturas de William
Waterhuouse. Esta perfección perturbadora cargada de una psicología
particular, sus mujeres parecen estar en un limbo emocional o algún
estado de goce siniestro, en muchos casos resultan ser brujas o
hermosas criaturas que anuncian la perdición, como en caso de Hilas y
las ninfas, una de sus obras más conocidas.
Elizabeth Siddal fue la musa principal de Dante Gabriel Rossetti en la
mayor parte de su juventud. Después de conocerla, la pintó
constantemente, excluyendo a casi todas las otras modelos. Su obsesión
culminó con la Beata Beatrix, que muestra a la Beatriz de Dante
Alighieri orando; pintada en 1863, un año después de la muerte de
Elizabeth. Ella vivía para los cuadros de Rossetti. Con el tiempo
Rossetti vuelca su fascinación hacia Jane Burden, en ese entonces mujer
de William Morris. Elizabeth toma una sobredosis de láudano y muere un
11 de Febrero de 1862. En el cuadro, una amapola está a punto de caer
en las manos de Elizabeth, entregada por un ave roja, coronada por una
aureola que se proyecta, como un cono invertido, sobre un reloj de sol.
Siddal es la Ophelia de Shakespeare en el famoso cuadro de John
Everet Millais, el cual retrata su suicidio tras ser repudiada por
Hamlet. Este suicidio capta mi atención por sus metáforas. Dentro
de su composición salta a la vista el rojo de la flor del opio que
simboliza la muerte y el sueño. La decisión de Ofelia parece ser
inducida por un sopor inconsciente; en su locura se sube a un sauce
sobre un río para recoger flores y una rama se rompe. En el agua sus
vestidos la mantienen a flote pero, en lugar de intentar salvarse,
empieza a entonar canciones. Esta es la conocida descripción que hace
la reina Gertrud de la muerte de Ofelia:
There is a willow that grows askant the brook…
There on the pendant boughs her coronet weeds
Clambering to hang, an envious sliver broke,
When down her weedy trophies and herself
Fell in the weeping brook. Her clothes spread wide,
And mermaid-like awhile they bore her up,
Which time she chanted snatches of old tunes,
As one incapable of her own distress,
Or like a creature native and endued
Unto that element. But long it could not be
Till her garments, heavy with their drink,
Pulled the poor wretch from her melodious lay
To muddy death.
Como alguien incapacitado ante su propia angustia. Ese verso saltó a la
vista durante mi lectura. Aquí está enmarcada esa pasividad mencionada
anteriormente en su forma más poética. Un delirio inconsciente que
conduce al suicido, al abismo de la acción que a mi parecer impregna
casi como un distintivo a las representaciones prerrafaelitas de la
mujer. Quizás esta pasividad abismal es un reflejo del ángulo bajo el
cual son pintadas. Estas representaciónes son activas frente el deseo
masculino, tienen el don del hechizo y la seducción mortífera, pero
estas mujeres no expresan su deseo: se esconde en una mirada perdida o
termina en un delirio suicida.
Una contracara de esta pasividad aparece en muchas obras simbolistas y
decadentistas. La mujer se convierte en pesadilla o espectro. Los
cuadros de Heinrich Füssli son un buen ejemplo. Atmósferas oscuras,
oníricas, donde el hombre es atacado por fantasmas femeninos, monstruos
y espectros. Otros ejemplos son las medusas y los cuerpos
espectrales de Jean Delville ó las explícitas representaciones de
Felicien Rops. Rops ligaba directamente el sexo y el cuerpo femenino a
la muerte, el mal y el castigo masoquista; son famosas sus
crucifixiones femeninas incluso montadas en penes gigantes. Cuando no
están acompañadas o fusionadas con la muerte, sus mujeres atrapan con
una sexualidad directa, gozan perversamente de su conciencia sobre el
placer que brindan, son pornográficamente poderosas y se dejan poseer
por demonios masculinos que mutan entre Satanás y Cristo, en su obra la
pornografía se convierte en religión. Rops conoció a Charles Baudelaire
ya en las postrimerías de su vida como escritor y diseñó el
frontispicio de Les épaves, con una recopilación de escritos, entre
ellos están los seis poemas censurados en Francia de Les Fleurs du mal.
Baudelaire se trasladó a Bruselas en 1864, en gran parte para evadir la
censura editorial. Su amigo y editor Auguste Poulet-Malassis también se
había trasladado a Bruselas para escapar de problemas legales, ambos
decidieron publicar otro libro de versos del poeta. Este nuevo trabajo
fue una colección de versos incidentales y recientes, de ahí el título
"épavés", que significa naufragios y se titula Scraps en su
traducción al inglés. La relación de Baudelaire con el símbolo femenino
se entiende bien en sus palabras: La mujer es natural es decir,
abominable. Y con respecto al amor, su postura es clara: “Yo
afirmo, la única y suprema voluptuosidad del amor consiste en la
certeza de hacer el mal”. El tratamiento que Baudelaire brinda al
tema del enamoramiento y la mujer, es en muchos casos señalado como
misógino, como sucede con Marinetti y su búsqueda de la autofecundación
en Mafarka. Marinetti pide a gritos liberarse de la necesidad de la
mujer. Otto Weininger se
suicida a los 24 años después de escribir su gran obra Sexo y Carácter,
criticada por antisemitismo e impregnada de una misoginia desatada por
la imposibilidad lógica de entender a la mujer, hasta ahora, la
teorízación mas loca que he leído en relación al género, a mi parecer
atinada en
muchos sentidos, camina sobre un filo entre la genialidad y el delirio.
Ciertas vertientes críticas tienden a adjetivar
contenidos de esta naturaleza desde una posición defensiva, cuando
puede observarse como un espejo natural de las relaciones
sujeto-objeto. Un decreto que maldice la naturaleza afectiva del ser
humano. “Despreciar un rostro es el resultado del ocultamiento de
la imagen real por la alucinación que ella provoca” , escribe
Baudelaire. Pretty girls make graves, dicen Los Smiths. Que
aviente la primera piedra aquél que no repudie la imagen de su propia
tumba. El amor o el deseo sexual hacia la mujer en los autores
mencionados es
el anuncio de una forma de muerte. Esto me lleva a pensar en el
masoquismo, Bob
Flánagan y sus “Sonetos del esclavo” son un buen ejemplo: The
overriding feeling is fuck you. I need you like a hole in the head. […]
And I´ll never stop the shit, nor reach you. No matter how deeply I
penetrate. O bien aquella línea en su poema Why, que dice sin más
reparo: Because I'm nothing but a big baby and I want to stay that way,
and I want a mommy forever, even a mean one, especially a mean one.
Arthur Redding plantea que hay una singularidad en el masoquismo,
especialmente cuando se manifiesta en la fría indiferencia de la
dominatriz y se fortalece a través del fetichismo , como sucede con
Wanda en La Venus de las pieles de Leopold von Sacher-Masoch, de quien
deviene la palabra masoquismo, su personaje revela el trasfondo de un
flamígero enamoramiento en la búsqueda de un ciego sufrimiento que
genera placer:
"Oh, I am so terribly in love." I had sunken on my knees, and was
burying my glowing face in her lap. "I really believe," said Wanda
thoughtfully, "that your madness is nothing but a demonic, unsatisfied
sensuality. Our unnatural way of life must generate such illnesses.
Were you less virtuous, you would be completely sane." "Well then, make
me sane," I murmured. My hands were running through her hair and
playing tremblingly with the gleaming fur, which rose and fell like a
moonlit wave upon her heaving bosom, and drove all my senses into
confusion. And I kissed her. No, she kissed me savagely, pitilessly, as
if she wanted to slay me with her kisses. (…) "What is the matter?"
asked Wanda. "I am suffering agonies." "-You are suffering—" she broke
out into a loud amused laughter. “You have no idea”. (…) “Of course you
enjoy suffering”.
Al mismo tiempo en esta búsqueda ciega por el placer masoquista, la
mujer es consciente de su papel dominante y el hombre accede a voluntad
ante su advertencia:
"Consider it well," she began in good spirits, "I have never made a
secret of how deeply your serious, dreamy character has fascinated me.
The idea of seeing this serious man wholly in my power, actually lying
enraptured at my feet, of course, stimulates me, but will this
attraction last? Woman loves a man; she maltreats a slave, and ends by
kicking him aside." "Very well then, kick me aside," I replied, "when
you are tired of me. I want to be your slave."
Por otro lado, están miradas como la del Marqués de Sade, uno de los
puntos de partida para el imaginario surrealista, movimiento que
también entra dentro de mi campo de referencias, en especial por su
visión también fantasmagórica de la mujer, aunque ubicada en una
posición más activa, directamente sexual. La surrealista es una mujer
fatal, poderosa en relación al fetichismo del deseo masculino. La
visión de Marqués de Sade, como sucede con Lynch, entra también en una
representación binaria de la mujer, principalmente a través del contra
espejo entre Justine y su hermana Juliette. Justine es la mujer abusada
que sufre y pierde su inocencia pero le acompaña su negativo: Juliette
es capáz de causar sufrimiento, someter a otros en función de su propio
placer y expresar una poderosa agresividad sexual. Existe una
contracara en donde la mujer despliega su propio deseo en su forma mas
visceral. En La Philosophie dans le boudoir (1795), la pequeña Eugenia,
una virgen educada por su madre en el camino de la virtud y la
obediencia, es reeducada por Madame de Saint-Ange, una libertina de 26
años, con el apoyo de su hermano Le Chevalier de Mirval y la
instrucción de Dolmancé, un ateo bisexual de 36 años. El libro es un
drama socio-político que ataca las estructuras del pensamiento burgués,
planteando que el único sistema moral que refuerza la reciente
revolución política es el libertinaje, de lo contrario Francia
regresaría al estado monárquico. La nueva educación de Eugenia es casi
una negativo del abismo psicológico percibido en las representaciones
prerrafaelitas. El mundo de la virtud, expresado en esa belleza ideal y
esa sensual vulnerabilidad, se invierte aquí hacia un empoderamiento
que parte del reconocimiento de la voracidad sexual y la renuncia de la
mujer a las virtudes morales de la época. La mirada de Marqués de
Sade es única en su contexto. Recupero uno de los diálogos del libro
que enmarca el estímulo de Sade hacia la liberación del deseo femenino:
"DOLMANCÉ: ¡Ah, renuncia a las virtudes, Eugenia! ¿Hay uno solo de los
sacrificios que pueden hacerse a esas falsas divinidades que valga lo
que un minuto de los placeres que se gustan ultrajándolas? Bah, la
virtud no es más que una quimera, cuyo culto sólo consiste en
inmolaciones perpetuas, en rebeldías sin número contra las
inspiraciones del temperamento. Tales movimientos, ¿pueden ser
naturales? ¿Aconseja la naturaleza lo que la ultraja? No seas víctima,
Eugenia, de esas mujeres que oyes llamar virtuosas. No son, si quieres,
nuestras pasiones las que ellas sirven: tienen otras, y con mucha
frecuencia despreciables... Es la ambición, es el orgullo, son los
intereses particulares, a menudo incluso sólo la frigidez de un
temperamento que no les aconseja nada. ¿Debemos algo a semejantes
seres, pregunto? ¿No han seguido ellas sólo las impresiones del amor
propio? Por lo que a mí respecta, creo que tanto valen unas como otras;
y quien sólo escucha esta última voz tiene más razones sin duda, puesto
que ella sola es el órgano de la naturaleza, mientras que la otra lo es
sólo de la estupidez y del prejuicio. Una sola gota de leche eyaculada
por este miembro, Eugenia, me es más preciosa que los actos más
sublimes de una virtud que desprecio."
Angela Carter en su libro The Sadeian Woman and the Ideology of
Pornography (1978) reconoce en Sade un llamado a la libre experiencia
de la sexualidad femenina, instalando a la mujer como seres poderosos
en sus mundos imaginarios. Carter defiende a Sade por que “trata toda
realidad sexual como una realidad política” y afirma el derecho
de las mujeres de abordar el sexo con la misma agresividad que los
hombres. Sade afirmaba que solo a través de la violencia sexual la
mujer podría sanar las cicatrices infringidas socialmente por medio de
una praxis de destrucción y sacrilegio. En su obra, Carter disuelve las
discusiones feministas sobre la mujer frente a la pornografía, cuyo
carácter siempre ha sido polar, básicamente están las posturas que se
identifican con Juliette y observan la pornografía como un espacio de
emancipación rebelde que reconoce en la mujer la suceptibilidad al
deseo de dominar o bien destacan el placer femenino frente al
masoquismo como una forma de accesar al poder. En el otro lado, están
las que luchan por la reivindicación de la aplastada, escupida y
abusada figura de la mujer, que es presa de la mirada pornográfica del
hombre, víctima de sus circustancias como objeto de deseo; el lado
opuesto identifica a este grupo con la figura de Justine. Angela
Carter, tanto en sus cuentos cortos como en The Sadeian Woman confiere
a la mujer una conciencia de sí que le permite moverse entre los
terrenos del objeto y el sujeto sin ubicar ninguna posición polarizada.
Lo relaciono un poco con la cancelación de las representaciones
binarias en el mise-en-scène de David Lynch, el pleno reconocimiento de
ambas caras en una misma moneda.
Pienso
que el fin último de
la representación femenina en el arte ha sido penetrar en la mujer, en
un sentido literal. Levantar los vestidos de las mujeres de Waterhouse.
Imaginar qué sucede entre el plumaje del cisne y la piel de Leda en
aquél cuadro de Corregio. Entrar al Origen del Mundo de Courbet. Ser
consumidos por el oleaje de cuerpos en las puertas del infierno de
Rodin. Jugar con las muñecas de Hans Bellmer. Mirar a través de Étant
Donnés. La psique se mantiene inaccesible por que es el objeto quien
erotiza, no el sujeto. El cuerpo es la puerta al final del corredor, el
deseo sexual. La pulsión de mirar revela el nexo entre el arte y la
vida, su germen: el erotismo. El título de una famosa pieza de
Marcel Duchamp corresponde con el prólogo de las notas para La Mariée
(La novia), Etant Donnés: 1º La chute d’eau, 2º Le gaz d’éclairage
(Dados: 1º La cascada, 2º El gas de alumbrado) y en consecuencia, ha de
ser entendida como un retorno a la temática del Gran Vidrio, una
variante invertida del mismo universo mecánico del deseo, concebida
centralmente en términos de visión (…) Etánt Donnés es una máquina para
mirar un falso desnudo femenino a través de un orificio a la altura de
los ojos. Duchamp siempre buscó la representación del desnudamiento, la
mise à nu. El desnudamiento del cuerpo, el es en la obra de
Duchamp, el fin de una compleja maquinaria deseante. Finalmente
remembraría aquella escena en Un
perro andaluz de Luis Buñuel, donde el protagonista entra en un frenesí
erótico cuando observa desde su ventana la muerte de aquella muchacha
que guarda tristemente una mano amputada en una caja. Inmediatamente se
lanza sobre mujer que tiene a lado, completamente excitado, para
arrinconarla y caer en un estado orgásmico al tocar su cuerpo. Ese
rostro extasiado que se revela como un muerto, con los ojos en blanco y
un líquido escurriendo de su boca. El erotismo es también el camino
hacia la muerte, el cuerpo de la mujer su espejo.
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John Everett Millais. Ophelia (1852)

Heinrich Füssli. Titania
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Felicien
Rops. Messe noire (1877)

Peter
Paul Rubens. Judith with the head of Holofernes.
(1616)

Printings for Juliette
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Hans Bellmer. Les jeux de la poupée
(1935)
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