Tras la semana más artsy del DF
tengo varias cosas que decir. La primera es una cita a Robert Musil,
quien dijo, "Si hay arte, está donde menos lo esperamos". La verdad es
que lo más desesperante, y quizas el precio a pagar por tener una
aparente escena artística de primer nivel, es la ola colateral y fugáz
de expertise que esta semana genera, y que va desde Avelina Lesper y su
flotilla de pintores, hasta artistas de todos los medios y conossieurs
que se quieren sentir interesantes, y quienes a más de 50 años del
nacimiento del casi extinto arte conceptual, continúan concibendo la
estética bajo cánones de belleza greco-latinos.
El problema principal es que ya se ha comprobado que no todo lo bello
es arte, que no todo el arte es bello, que los cánones de belleza son
únicos para cada persona, y principalmente, que no todo el arte nos va
a gustar. Esto ocurre porque la definición más sensata del arte, es que
quien reclama la autoría de una obra, considera a la misma un
objeto/idea/actividad relevante a la que vale la pena prestarle nuestra
atención. Puede gustarnos o no, pero la realidad es que
vemos/escuchamos/leemos algo con un enfoque distinto si se le llama
arte, llegando comunmente al punto de la indignación. Esto podría
dejarnos vagando sin rumbo alguno por el ancho mar de la creatividad,
pero afortunadamente, podemos citar a Tolkien y decir: “Not all who
wander are lost”.
Antes de que Tolkien utilizara esta idea, el escritor Robert Walser
planteó la posibilidad de andar sin un rumbo alguno. Robert y su
hermano Karl decidieron a una edad temprana convertirse en artistas.
Sus carreras culturales y su educación, en su mayoría autodidacta, se
desarrollaron de manera paralela. Compartían sus libros, junto con sus
ideas y pensamientos de los mismos. Cuando Robert decidió trasladarse a
Berlín a mediados de la primera década del siglo 20, Karl ya
vivía ahí trabajando como pintor. Gracias a él conoció a Bruno
Cassirer, quien más tarde sería el editor de los primeros libros de
Robert.
Las narraciones disyuntivas de Walser mostraron fragmentos y detalles
que no estaban encuadernados a un punto de vista fijo. Su “Ojo Móvil ”,
o la visión del caminar, creó una presencia que se percibe como un
limbo. Michel de Certeau también apunta a ir más allá de las dicotomías
del interior y el exterior, así como del lugar y no-lugar. De Certeau
define al espacio como un lugar que se practica: una intersección móvil
que puede ocurrir sólo a través de caminar. Esta característica es la
que tanto en De Certeau como en Robert Walser, transforma a la
geometría abstracta de un lugar en la experiencia del espacio.
Si aceptamos que el arte (sin importar si somos público o artistas) se
percibe en todos sus casos bajo la lógica de un pasante, podemos ver
cómo sin exepción el arte ha comenzado antes de que llegáramos a él .
Esta falta de arraigo es tan fuerte en la experiencia del
viajero/artista/caminante/expectador, que se vuelve su aura protectora.
Es un sentimiento, a menudo liviano, que se puede ver en escritores
como Walser o Rimbaud de manera más articulada.
Si comparamos los espacios Walserianos con fenómenos supremáticos,
podemos concebir al arte, no como una manera de trabajar, sino como el
espacio en el que desempeñamos nuestro oficio. En su libro-objeto S , M
, L , XL, Rem Koolhaas evoca varias cuestiones del estado posturbano
que se genera a causa de la omnipresencia que tiene la urbanización.
Una de ellas es, cómo una ciudad posturbana existe bajo la
configuracion inestable de una trasformación constante y perene. En
dicho fenómeno, la ciudad pierde la distinción entre su núcleo y
periferia, a consecuencia de cambios que se dan rápidamente en todos
sus sectores. Una vez que desaparece su núcleo, la periferia se
evapora, transformando a la ciudad en una yuxtaposición aleatoria de
entidades que no tienen nada en común excepto su coexistencia.
El mundo del arte experimenta exactamente el mismo fenómeno. Lo más
sensato a mi forma de ver, es aceptar que el arte existe gracias a que
las consecuencias de nuestra creatividad co-existen. Es decir: sólo
podemos valorar la música de alguien como John Cale si hemos escuchado
la música de alguien como Yuri. Aún más importante: la existencia de la
música de alguien como Cale responde a la de alguien como Yuri. Y lo
más importante: la música de alguien como Yuri existe gracias a la de
alguien como Cale.
Cuando Paul Delaroche vio la demostración pública de la fotografía,
dijo: «hoy, la pintura ha muerto», pero para su desgracia al poco
tiempo aparecieron los ismos. La razón por la que la fotografía no pudo
ni podrá matar nunca a la pintura, es que quienes practican una
disciplina son los únicos que la pueden extinguir. Si la pintura
muriera, sería por culpa de los pintores; si cayera la fotografía,
sería a manos de los fotógrafos; si lo hiciera el arte conceptual, la
culpa la tendrían sólo los conceptuales.
Si esto no ocurre, es porque quienes trabajan con dichas disciplinas
quieren enseñar que otra manera de hacer arte es posible. Que lo que
nos gusta de cierta disciplina puede ocurrir en otra, pero de manera
distinta. Y que las características de lo que hacemos o de lo que nos
gusta, están determinadas por nuestro desacuerdo con las
características de lo que hacen otras personas. Sin duda no todo lo que
se exhibió en MACO y Material fue de mi agrado, pero doy gracias de que
así fuera. Me preocuparé el día en el que no vea distinción alguna en
el arte, y como consecuenia, todo me guste, o todo me desagrade. Ese
día habré quedado sumida en la depresión de la monótonía, y no podré ya
conocer lugares nuevos. ¿Cómo desplazarnos si ningún destino nos
agrada? y por otro lado, ¿podríamos encontrar nuevos horizontes
estancados en una zona de comfort?
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