Fall-Winter Noviembre 2013
Contemporary art & theory journal
Rolando Sosa
La
mayor de las veces, cuando un hombre se enfrenta a una pintura, ante
cualquier obra de Arte, cae por el atisbo de la experiencia en un
silogismo cuya última fase se reduce a la incógnita: ¿qué es lo que
busca expresar? Sin embargo, las mejores de las veces, con las obras
más afortunadas, estos pasos argumentativos se quiebran por la poderosa
sensación de euforia cuando el hombre se confronta sí mismo. A este
grupo pertenece la obra de Rolando Sosa. Obra cargada de pulsión
orgánica, que transgrede su propia atmósfera con la mirada de quién
confronta, por medio de los ojos del espectador. Ojos que han sido
pintados por la acción de ver. Pintura que devuelven la mirada, crea
ojos que le corresponden ávidos de plasticidad lucida. El temperamento
interno de cada cuadro invade con lo que habita en el. Todo ya está
ahí, el sentimiento de ruptura con la realidad, la agresividad paciente
de la soledad, la consecuencia de la nada y de la existencia, la
renuncia, el nervio primitivo y absurdo de la conciencia del espacio y
la decadencia constante de la obsesión por la muerte.
Dentro de lo abrumador del tema está el tratamiento, una calma ante el
vértigo del abismo. Enmarcados en espacios insondables los habitantes,
los sobrevivientes de los mundos de Rolando Sosa, se debaten la
existencia a pinceladas. Son estos los gestos que circulan en la
superficie, impulsados por un corazón profundo que no se muestra, y que
sin embargo, se siente latir. Es quizás la razón por la cual, el
pintor, ha elegido personajes cuya identidad se ha diluido en la
realidad que les acecha. Transformándoles en umbrales, en dudas, en las
preguntas lacerantes que la muerte siembra: inquisiciones. Nos muestra
un retrato incluso para seres que han abandonado nuestra dimensión de
sentidos, sin intensión de redención, asaltan la última frontera con
lucidez lúgubre, desafiando el acecho espiral de la muerte, cuya
representación en el cuadro son augures, aves proféticas, ojos
abiertos, manifestándose a partir de su mirada impávida. De esta forma,
la evocación del thanatos en el Arte deslumbra la conciencia de la
vida, de la identidad, de la permanencia. La respuesta del abandono
ejemplar de los ascetas aterroriza al hombre moderno, que ha sido
invalidado por su comodidad, sin embargo, es un terror benéfico, pues
horroriza a su cobardía. El tratamiento de las manías de la vida se
convierte, entonces, en una indagación, una ablación de la certezas.
¿qué sucede con nuestras manías fuera de contexto, por ejemplo, con
nuestra manía de amar? ¿de odiar? ¿qué sucede con el deseo? Al
confrontar estos conceptos nos revelamos presas, en un escenario
desconocido y claustrofóbico que atenta contra nuestra mente. En el
tiempo detenido este escenario medra y todo lo que significa nuestra
identidad es agredido. La opción de renuncia no es nuestra ya. El
pintor nos enseña nuestra esclavitud, sin rito, bajo el sacrificio de
sus propios seres.
En contraste con la tendencia de nuestra época, Rolando, lucha contra
la inercia contemporánea de la obra instantánea. Su obra tiene raíces
profundas en sus temas, estos crecen “dentro” de la superficie del
cuadro, y una transmigración visual nos fecunda, nos contagia. Nuestra
enfermedad se desvela por medio del Arte; hiende con toda su potencia
en nosotros, infligiendo una herida que nos mantendrá vivos. Este Arte
es carne viva expuesta, le lastima la intemperie y lastima verla, y
pervivirá en sus testigos.
Emiliano Barrera
http://rolandososa.blogspot.com
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