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Sulser, su conejo Alter y sus dibujos
Demian Mondragón



A partir de Joseph Beuys la acción de Víctor Sulser de cargar un conejo de trapo hace evidente el acto de mirar el arte y el mundo desde una actitud reflexiva e irónica, característica del arte contemporáneo, y como es común en estos tiempos posmodernos, no lo hace para plantear una verdad absoluta, sino poética y personal abierta a la diversidad. De hecho, los comentarios que Víctor hace respecto a todo, o casi todo, son en este tenor, son la voz del conejo que nos explica el arte. Pero entonces ¿este conejo llamado Alter es el alter ego de Víctor? Al parecer no es así, sino que Alter es él mismo, como una caricatura crítica del arte y no sólo como una escultura, sino como un completo fenómeno, pero no de circo y ni si quiera de museo, o al menos, no siempre.

A finales del 2012 fue publicado el libro Los dibujos del conejo/ los volantes del conejo, que contiene los dibujos realizados por Víctor a partir del “fenómeno Alter”, los cuales fueron repartidos en museos y en contextos extra-artísticos a lo largo de varios años. Los dibujos que aparecen en el libro son antecedidos por dos textos teóricos que reflexionan acerca de este proyecto plástico y performático. Pilar Villela abre con un texto titulado Todos somos Alter. Inicia describiendo el nacimiento de Alter a partir de un performance realizado por Víctor Sulser en el 2001, en el que fueron usados los siguientes elementos: agua derramada, un cubo, un tubo para producir ruido soplando , una campana y una bolsa de donde salió el conejo de tela de aproximadamente el tamaño de un bebé humano. Después de esto continua con una descripción acerca de cómo Sulser deambula con el conejo en toda clase de situaciones, en las que algunas veces reparte también fotocopias de sus dibujos. De éstos, el primer enigma radica en su sintaxis fragmentada “entre mapa y esquema”, más parecido a un códice prehispánico que a un dibujo alegórico o a la ilustración de un discurso lineal. Respecto a esto, Pedro Ovando en su colaboración La repetición indescifrable: acerca de Los volantes del conejo de Víctor Sulser, relaciona esta falta de narrativa clara con un carácter táctico, en el sentido de las teorías de Michel De Certeau, según las cuales, la táctica, a diferencia del carácter regularizador, autoritario y homogeneizador de la estrategia, toma prestados códigos de diferentes sistemas, provocando juegos simbólicos y nuevas posibilidades interpretativas. Las ideas de Ovando y de Villela responden a la forma libre e intuitiva en la que Víctor compone los elementos en sus dibujos, además de que muchos de ellos tienen un carácter evidentemente simbólico que corresponden a diferentes territorios, a veces contrapuestos, pero que en estos dibujos funcionan como un tratado lúdico de paz que reconcilia las diferencias semánticas produciendo una iconografía nueva. Como ejemplo tenemos a su Godzicóatl que, con un riesgo irreverente, une la figura del dragón nuclear japonés, sediento de sangre y destrucción irracional, con la respetadísima deidad mexicana Quetzalcóatl. Sin embargo, todo sucede en un entorno de cierta ingenuidad semejante a una caricatura para niños que vela por esta síntesis cultural que de otra forma podría aparecer muy violenta frente a ciertas interpretaciones culturales. Pero precisamente he aquí uno de los logros de estos dibujos: presentar el carácter de sincretismo actual que mezcla contenidos culturales que en otro momento podrían haber sido imposibles.

Estos momentos actuales, nos recuerda Pilar Villela, son testigos de una transformación artística importante que comenzó en las épocas en que nació el conejo: la institucionalización de lo que antes se consideraba alternativo e indigno para la historia del arte, la crítica y los museos. Sin embargo, continúa Villela, este artista rebelde a la institucionalización no sigue los nuevos cánones alternativos que se presentan con un formato espectacular, tanto en el tamaño como en su carácter de entretenimiento, experimental si se quiere, pero escénico. Y tampoco sigue las modas estilísticas de la época en cuanto a representación colorida de lo mexicano se refiere, ni reproduce la estética de miseria latina tipo Amores Perros, es decir, Sulser no está a la moda.  En cuanto a esto, es paradójica y tensa la relación de Víctor con el museo o galería, pues se presenta en ellos como cualquier otro espectador, pero a la vez él es el artista en acción, sin necesidad de reflectores ni más atención que la que puede tener la interacción directa con el público, que muchas veces no vino a verlo a él, pero que se encuentra, casi involuntariamente, en este happening que interviene la esfera expositiva. Lo que está haciendo Víctor es ejercer su derecho democrático a utilizar la institución para hacer arte sin pedir permiso. Y lo mismo hace en cualquier otro lugar menos sacralizado como la fiesta de unos amigos, una escuela o un bar, a donde va siempre con el conejo, provocando toda clase de preguntas acerca de qué hace cargando  ese “muñeco” todo el tiempo. Y es que aunque los estudiosos del arte contemporáneo comprendan el guiño histórico acerca de la legendaria  liebre de Joseph Beuys, es verdad que para los legos, el conejo podría ser un enigma o un chiste. Frente al encriptamiento que el significado artístico del conejo podría tener para la mayoría, los dibujos, en donde Alter siempre aparece, presentan una riqueza simbólica tal que puede ser personalmente interpretada tanto por los nerds que aman la historia del arte en todos sus detalles, como por las personas que tienen una cultura visual compleja tan sólo por vivir en la Ciudad de México y ser bombardeados día a día con miles de imágenes publicitarias, folklóricas, de tribus urbanas, mitológicas, religiosas, pornográficas, etc. Todo este complejo cotidiano se mezcla con la vasta cultura artística que posee Víctor y que hace de los dibujos una obra democrática, utopía irrealizable en los museos de un país con una educación masiva pobre y una cultura publicitaria y del entretenimiento banal muy rica. La combinación de símbolos provenientes de los distintos territorios de signos que conviven en nuestros tiempos, junto con una sintaxis no jerarquizada, resultan en una producción de signos abiertos a la interpretación personal y no a una de un sólo paradigma.

Respecto a cómo Víctor trasgrede los espacios legítimos de exhibición, según la autoridad implícita y explícita del Mundo del Arte, tanto Pilar Villela como Pedro Ovando nos remiten a las teorías de la reproductibilidad de la obra de arte del filósofo alemán Walter Benjamin, quien reflexiona acerca de la obra de arte como un objeto que posee un “aura” o ciertas características que lo hacen especial frente a otros objetos no artísticos a partir de una noción de distanciamiento del momento fundacional en que fue creado por el autor y al que el pobre mortal del espectador nunca podrá acercarse. Tanto los dibujos como el conejo de Víctor son reproducciones de un original... y también son la obra misma. El conejo de tela es re-confeccionado cada vez que es necesario; cuando se rompe, se desgasta, se pierde o se regala. Los dibujos que se reparten son las fotocopias de dibujos originales cuyo paradero a veces es incierto. En lo que a la praxis de los volantes y del conejo concierne, el original no importa más que como fetiche aurático (de algunos coleccionistas anacrónicos que seguramente nunca faltan). Si el aura es una fuerza pseudo-mítica de la modernidad, la fuerza en la obra gráfica y performática de Víctor se encuentra en el acto mismo, de pasear al conejo, de repartir fotocopias de sus dibujos y de acercarse al espectador e incluso crear públicos para el arte actual. Los dibujos fotocopiados y repartidos por doquier forman parte de un acto abyecto que va en contra de la estética aséptica de los espacios oficiales del Mundo del Arte, son una acción promiscua que disemina símbolos a diestra y siniestra sin control alguno, pues si la copia es la obra, cualquiera puede reproducirla y multiplicar obras de arte como si de conejos se trataran, sin control institucional alguno. Justamente Pilar Villela apunta a la tensión existente entre obra y documento, pero aunque este asunto ya fue superado en los sesenta con el arte conceptual, el Land Art y el performance, que difundían sus obras realizadas en lugares o momentos inaccesibles para el público a través del documento, el tema aun es provocativo. Otro tema tenso es la condición de devenir en la obra contemporánea al contrario de la obra plástica moderna y sobremoderna que congela y contiene el momento fundacional de su creación. En ésta, se supone que el tiempo no pasa, reflejando el concepto moderno de eternidad que se le adjudicaba al arte. Pero desde que el arte se volvió proceso e idea, el devenir en la acción y en el tiempo pasó a formar parte de éste. Una vez más la obra de Víctor acusa una genealogía artística ligada a los paradigmas históricos. Sin embargo, esto no impide incluir en los dibujos los elementos simbólicos extra-artísticos de los que hablamos anteriormente.

Una de estas fuentes, a veces pasada por alto por parte de los especialistas del arte, es el Tarot de Marsella, sistema hermético de símbolos que a Víctor y a mí  nos apasiona y cuyos personajes aparecen recurrentemente en los volantes del conejo. En este sistema hay una carta cuyo arquetipo es El Loco –el Joker de la baraja inglesa—  que tiene la capacidad de adquirir las cualidades de las demás cartas. Alter es como este Loco, es el que se puede convertir en ese otro y viajar por los diferentes mundos simbólicos que nos propone Víctor en sus cartas, plagados de obras de arte, extraterrestres, dioses, monstruos míticos, elementos plásticos abstractos, personajes famosos y muchos desnudos masculinos. Y aquí voy a otro aspecto pasado por alto. La presencia de estos hombres son la otra otredad en los volantes del conejo, comparecen ante el espectador como una figura totalmente contraria a la tradición moderna de representación del cuerpo erótico que, desde el Barroco, tiene forma femenina y era presentado como el objeto para ser disfrutado por un público burgués masculino consumidor de arte profano. Ante esta tradición, severamente criticada y rota por las propuestas de arte feminista y queer de los años ochenta, Víctor nos presenta un cuerpo masculino erótico que no está ligado ni a la crítica feminista ni al homoerotismo, pero tampoco es una regresión al culto de las virtudes masculinas del clasicismo, ni es una presencia viril desligada de todo lo anterior. Víctor es más posmoderno de lo que tal vez podría decir él acerca de sí mismo, y tal vez esto sea así porque lo es de una forma inconsciente, tan inconsciente como la forma en la que los mexicanos hemos absorbido los dibujos de Michelangelo Buonarroti y de José Luis Cuevas junto con el logotipo de las papas Sabritas y los super héroes religiosos y de los comics de nuestra generación. Los dibujos de Víctor hacen evidente este consumo hiper-diverso de imágenes y su conejo nos explica como esto forma parte del arte contemporáneo.


Febrero 2013.


Victor Sulser, La llegada del conejo.





Victor Sulser. Primer volante Conejo





  Victor Sulser, Personaje con copa.





Sulser Kong








 








 dr^k magazine 2013, Ciudad de México.
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