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Por una polìtica de representaciòn de la no-ciudadanìa

Irmgard Emmelhainz
Traducción: Daniela Gil






Podría afirmarse que los dos tipos de imágenes que dominaron el imaginario ético-político del siglo XX fueron las imágenes militantes y las imágenes de testimonio. Los videos November (2004) de Hito Steyerl y Respite, de Harun Farocki, nos invitan a volver a examinar estos dos tipos de imágenes bajo la luz del presente. November es una narración auto-reflexiva sobre el devenir y transformación de la imagen de Andrea, la mejor amiga de Steyerl durante los años preparatorianos; Andrea aparece en la película como una feminista luchadora de kung-fu, guerrillera del Movimiento Kurdo de Liberación, terrorista, y mártir. Para su video Respite (2007), Harun Farocki recicla el conocido metraje que fue filmado en el campo de tránsito en Westerbork, Holanda, durante la ocupación alemana en 1944. Farocki intercala diferentes textos sobre la misma secuencia de imágenes, la cual se repite a si misma. La secuencia incluye personas trabajando, jugando, bailando, sonriendo o  abordando un tren. Las imágenes muestran que no hay anomalías aparentes en Westerbork - esto sirve como un mecanismo de distanciamiento - mientras tanto, traen a la superficie otras imágenes del Holocausto que han quedado alojadas en nuestra memoria. Los videos de Steyerl y de Farocki reflexionan sobre los procesos de descubrimiento y circulación de imágenes de archivo, enfocándose también en imaginar la presencia de estas imágenes en los distintos canales y discursos en los que circulan. En otras palabras, ambos videos son meditaciones en torno a la circulación de las imágenes y de las fuentes de sus materiales. Reflejan también las bases y las condiciones de la representación estética y política: la cadena de producción de imágenes y sonidos. Por otra parte, la yuxtaposición de las dos películas nos invita a preguntarnos: ¿Qué es hoy en día una imagen politizada? Y, ¿Cuáles son las condiciones actuales de la producción y difusión de las imágenes politizadas?

Elucidando las condiciones de la producción de imágenes bajo el Semiokapitalismo (según la teoría post-obrerista, Semiokapitalismo es la etapa actual del capitalismo en la que la producción y la difusión de signos es la principal fuente de plusvalía), Hito Steyerl, en su ensayo de 2009 "The Museum as Factory ", cuestiona sí el cine de hoy en día podría convertirse potencialmente en un espacio para facilitar la creación de relaciones políticas. Steyerl enfatiza el hecho de que las películas políticas ya no se muestran en las fábricas como lo hacían en la década de 1960. En la cúspide de la era fordista, las proyecciones cinematográficas politizadas eran consideradas acontecimientos fílmicos en los cuales los trabajadores podían aprender de las luchas y revoluciones anticoloniales y anti-imperialistas que se estaban llevando a cabo en otros países. Las proyecciones cinematográficas tenían el propósito de utilizar al cine como instrumento con el fin de lograr un cambio político. Las películas que se exhibían eran de cineastas como Chris Marker y SLON, el colectivo del cual fue co-fundador, o Jean-Luc Godard y Jean-Pierre Gorin, quienes crearon el Grupo Dziga Vertov. Estas proyecciones incluían a cineastas del Tercer Cine como Glauber Rocha, Fernando Solanas, Octavio Getino, Santiago Álvarez, León Hirshman, William Klein, etc. Sus películas no sólo formaron parte de una red internacional de solidaridad consolidada para apoyar luchas urgentes, sino que también impulsaron nuevas formas de exhibición producción, distribución y pedagogía del cine.

Los filmes políticos realizados en las décadas de 1960 y 1970, representan uno de los dos tipos de imágenes que predominaron en el régimen sensible del siglo XX: la imagen militante o vanguardista, que unió poiesis y praxis, así como teoría y práctica en el cine; el otro tipo de imagen es la imagen testimonial - representada por el documental y recuentos testimoniales, y cuyo principal ejemplo son los recuentos de las víctimas del Holocausto. Muchos opinan que el siglo XX fue la "era del testigo." Esta época estuvo marcada por el testimonio visual de los campos de concentración y  exterminio registrado durante la liberación de los campos por las Fuerzas Aliadas en 1945. Mientras que esta conciencia visual fue evidentemente filtrada periodística, militar y políticamente, las imágenes que atestiguaron las atrocidades cometidas por los nazis, junto con las que tratan de recrearlas a través de narraciones, están marcadas por una crisis intrínseca de legibilidad ya que están atrapadas en un debate que  cuestiona si estas imágenes son posibles. Lo que está en juego es una ética del testimonio: recurrir a las imágenes documentales del Holocausto, implica para algunos, exigir pruebas de los hechos, mientras que recrear los eventos de manera ficticia implica banalizarlos o espectacularizarlos. Por lo tanto, pregunta que surge de este debate es: ¿Cómo hacer temporalmente visibles los horrores inimaginables perpetrados por los nazis?
A su manera, tanto la imagen testimonial como la militante, llevaron la lógica de la representación a una crisis. La representación, comprendida como el intento por hablar en nombre de otros equiparando significado y significante, fue impugnada durante los eventos de mayo de 1968 (poniendo en duda la representatividad de delegados e intelectuales) y por el post-estructuralismo. Este último, que cuestionó la significación y los reclamos de veracidad del conocimiento visual y textual transmitido por las imágenes. La crisis de la representación dio lugar a la auto-representación y la reflexividad en la construcción de los referentes de las imágenes. En el caso del Holocausto, la representación, como una herramienta formal y ética que podría traer a los ausentes al estrado para dar testimonio, es considerada como algo que se volvió imposible porque los nazis eliminaron las huellas del exterminio: los campos mismos implican la ejecución de la representación, mientras que las relaciones entre presencia y ausencia, lo material y lo inteligible, fueron destrozadas por el evento en sí.

Hoy en día, ambos tipos de imágenes continúan circulando en la Infoesfera y en el régimen sensible. Las imágenes del Holocausto se han hecho omnipresentes y problemáticamente astutas. A pesar del cuestionamiento de su representatividad, el exterminio nazi de los judíos no sólo se ha convertido en un tema de muchas películas de Hollywood y documentales independientes, arte, exposiciones fotográficas y conferencias académicas, sino que también ha generado su propio campo de estudio académico, una rama de los estudios culturales llamados "estudios del trauma". La historiadora francesa Annette Wieviorka ha hablado incluso de una "memoria saturada", lo que implica "una perversa fascinación por el horror, un gusto mortífero por el pasado y la instrumentalización política de las víctimas". El documental y las imágenes testimoniales, así como los discursos sobre el Holocausto, se han convertido en el modelo a seguir para la imagen testimonial en general, incluyendo a todas las imágenes y discursos sobre la catástrofe y empoderamiento de los testigos que denuncian la violación de sus derechos con el fin de exigir reparación y restitución. Además, hoy en día predominan en el régimen sensible imágenes que dan testimonio a la catástrofe en otros lugares, creando un desfile de subjetividades heridas desplegando una ética del testimonio. Dichas imágenes podrían mencionarse para definir la sensibilidad cultural del siglo XX, y que ha persistido en la primera década del XXI. Si bien podemos ser escépticos ante la capacidad de las imágenes para hacer legibles ciertos acontecimientos, aún privilegiamos su autoridad. De acuerdo con W.T.J. Mitchell, consideramos que "las imágenes son no sólo un determinado tipo de signo, sino algo así como un actor en el escenario histórico, una presencia o un personaje dotado de un estatus legendario". Dada la omnipresencia de tales imágenes en los flujos televisivos, exposiciones artísticas, festivales de cine documental, sitios de noticias alternativas, etc. ¿Es posible sacarlas del flujo repetitivo de la instantaneidad audiovisual, de la banalización del horror y habilitarlas para alterar la historia con el fin de re-politizarlas?

En contraste con lo común de la presencia de la imagen testimonial, el cine militante (las películas de los 1960s y 70s basadas en una búsqueda de autodeterminación política) se ha hecho casi invisible, ya que ha desaparecido de los cines, televisión y esfera pública, y solamente es mostrado en contadas ocasiones en universidades, museos o clubes de cine. Las películas militantes se han convertido en películas de culto que circulan ya sea como compilaciones de DVD o como “imágenes pobres”. Las “imágenes pobres”, señala Hito Steyerl, son: "Imágenes itinerantes distribuidas gratis, exprimidas a través de conexiones digitales lentas, comprimidas, reproducidas, copiadas, remezcladas, como así como copiadas y pegadas en distintos canales de distribución". ¿A qué se debe esta desaparición? ¿Ha perdido el cine militante la relevancia que tuvo antaño como catalizador del cambio político? Según Steyerl, a menudo, galerías y espacios artísticos se alojan en antiguas fábricas y por eso, de hecho, las películas políticas nunca han salido de ellas. La diferencia entre las fábricas de los ‘60s y ‘70s y las de hoy es, en lugar de producir mercancías, los espacios culturales alojados en fábricas viejas producen "imágenes, jerga, estilos de vida y valores". Hito Steyerl las llama: "fabricas sociales", y según ella, transforman todo lo que tocan en cultura y  a los espectadores en obreros, ya que los espacios culturales ponen sus sentidos a trabajar a fin de que produzcan aún más significación. En otras palabras, la fábrica social, al tiempo que incorpora la noción neoliberal de cultura como mercancía, contribuye a la saturación de sentido en una Infoesfera ya sobrecargada de signos. La mercantilización de la cultura es subrayada por el hecho de que el espectador contemporáneo de cine y video-instalaciones, es decir, el visitante de galerías y museos, se ha convertido en una extensión del paradigma del flâneur del siglo XIX. Según el historiador de cine Dominique Païni, el espectador en el museo se enfrenta hoy en día a un sinnúmero de pantallas, en contraste con el espectador tradicional, situado delante de una sola pantalla que lo hacía permanecer inmóvil. Hoy en día, lo que determina la duración de la narrativa de la película es lo que dura el itinerario físico de los espectadores, y por lo tanto, el significado de muchas películas mostradas en museos depende del espectador autodirigido vagando por la galería o museo. Además, con sus prístinas salas,  los espacios culturales exhiben un efecto de escaparate, al tiempo que resaltan los aspectos individuales y consumistas de ver películas dentro de las galerías. Por consiguiente, de acuerdo Steyerl, la imagen militante ha sido "arrojada a la incertidumbre digital a expensas de su propia sustancia." En los cine-eventos en la década de 1960, las películas políticas estaban destinadas a crear "lazos visuales", es decir, vínculos entre los trabajadores y los revolucionarios de todo el mundo con el fin de informarlos, entretenerlos y organizarlos. La solidaridad internacional y sus catalizadores simbólicos y discursivos han desaparecido junto con la figura del trabajador como el protagonista del cambio socio-político. Por una parte, la izquierda internacional dejó de existir, así como - irónicamente - su perspectiva internacionalista ha sido reemplazada por los feroces titanes feroces: La nueva plutocracia de mentalidad liberal que pone en práctica la caridad empresarial, tratando de cambiar el mundo mediante la aplicación de las mismas fórmulas que los hicieron en un principio ricos. Por otro lado, el proyecto cultural neoliberal ha tirado la idea de militancia a la basura, y cualquier persona que se resista a recibir lecciones morales sobre la lucha armada y la violencia es marginada de inmediato en nombre de la seguridad y los derechos. No es por azar que las guerras transnacionales (y la guerra del Estado contra el “narco” en México) sean libradas en nombre de la seguridad y los derechos. La desaparición de la perspectiva internacionalista de la izquierda, de acuerdo con Alain Badiou, se explica por el hecho nuestro período actual es de "Restauración". En Francia, este período es conocido como el retorno del Rey en 1815, después de la Revolución y Napoleón. En nuestra actual época de Restauración (después de los movimientos políticos masivos de la década de 1960), el capitalismo liberal y el parlamentarismo (su sistema político) se plantean como las únicas soluciones aceptables, mientras que las ideas revolucionarias se consideran utópicas y criminales. La desaparición de los partidos políticos y la reconfiguración del panorama político en los movimientos sociales, ha dado margen a una serie de luchas esporádicas aisladas unas de otras, carentes de significantes que puedan abarcar todas las luchas y encontrar vínculos en el resto del mundo. La última movilización masiva internacional de personas se llevó a cabo en 2003,  cuando 50 millones de personas se manifestaron contra la guerra en Irak: en November, Steyerl se muestra a sí misma como parte esta movilización en Berlín, meditando de forma auto-reflexiva en la voz en off acerca de la inutilidad de la marcha, y resaltando el carácter construido de sus gestos e imagen militantes. Desde entonces, Afganistán, Pakistán, Irak, Libia y Siria han sido destrozadas. Por medio de la expropiación, el aislamiento, asesinatos, asedio y hostigamiento, continúa la destrucción de la vida de los palestinos junto con sus formas de supervivencia en los territorios ocupados y en Gaza. El equivalente del cine militante producido hoy en día, es decir, los audiovisuales que acompañan a los movimientos sociales, operan a un nivel de contra-información: El activismo de nuevos medios es una especie de suplemento que devela aquello que los principales medios de comunicación no muestran. Dentro de este marco, el objetivo principal de la mayor parte de las imágenes politizadas producidas actualmente es lograr la visibilidad de las luchas dadas o las injusticias cometidas en otros lados.  La explotación y la represión son comunes en todo el mundo, ya que la nueva ola de acumulación por medio del despojo ha llegado a todos los rincones del planeta. Paralelamente a esto, nuestro campo visual está saturado de imágenes que dan testimonio de la explotación y expropiación, de los acontecimientos traumáticos, lo que nos vuelve escépticos ante la capacidad de las imágenes para recordar o redimir estos eventos. Dentro de este marco, las víctimas están sujetas a un marco de restitución ética dentro del discurso de los derechos humanos. Tal vez por esto, siguiendo a Alain Badiou, la idea del mal absoluto es tan importante para nuestros tiempos: desde el Holocausto al terror Stalinista, genocidios africanos, los dictadores de América Latina y los torturadores. Para Badiou, el mal depende de los acontecimientos que, o bien debilitan o destruyen al sujeto y por lo tanto se constituyen como una especie de "subjetividad herida." El problema con el discurso del mal absoluto es que está fuera del ámbito de la autodeterminación política, ya que a sus víctimas se les da visibilidad sólo en la medida en que exigen la restitución del marco ético de los Derechos Humanos.

Teniendo esto en cuenta, la conceptualización del "no-ciudadano" de Ariella Azoulay, podría sernos útil para pensar en los referentes políticos que podrían constituir imágenes militantes bajo el actual orden mundial. En su innovador libro “The Civil Contract of Photography” (2009), Ariella Azoulay articula la distinción entre ciudadanos y no-ciudadanos en el contexto del conflicto palestino-israelí. La declaración de los Derechos del Hombre de 1948 considera la ciudadanía como un derecho inalienable y universal otorgado a la persona por el Estado-nación. Los no-ciudadanos son entonces, los que son co-gobernados con los ciudadanos, pero sin los derechos de los ciudadanos o con un conjunto de derechos distinto al de los ciudadanos. El status de la no-ciudadanía o de ciudadanía perjudicada no es aplicable sólo a los palestinos, también se aplica a las clases bajas, a los que quedaron fuera del sistema, sin educación o  perspectivas de empleo, así como a los inmigrantes, los refugiados, los trabajadores ilegales, desplazados por las guerras, el hambre, la industrialización de las zonas rurales, el desarrollo urbano, etc. Azoulay insiste en que la Declaración de los Derechos humanos postula una noción universal de ciudadanía que convierte al ciudadano en la única figura capaz de luchar contra los abusos de poder. En otras palabras, un ciudadano se define como una persona que le debe lealtad y tiene derecho a la protección de un Estado soberano. Mediante el establecimiento de las categorías de la ciudadanía y no la ciudadanía, Azoulay sugiere que el fantasma del nacionalismo sea desterrado y que la definición de ciudadanía de la ONU se sustituya con una no-universalizante y territorializante noción de ciudadanía, otorgando así status político a los no-ciudadanos . De este modo, Azoulay también busca problematizar la figura de Giorgio Agamben de la "vida vida", así como la figura de "vida no llorable" de Judith Butler, porque degradan la posibilidad de autodeterminación política.

Lo que distingue actualmente a un ciudadano de un no-ciudadano es la participación política y el derecho de protección. El no-ciudadano es un individuo sin status permanente donde él o ella reside, y es portador de un número limitado de derechos y obligaciones. La politización de la no ciudadanía de Azoulay está entonces, necesariamente basada en una separación radical del Estado y la nación y en el principio de que todo el mundo todo el mundo tiene derecho a la ciudadanía en el territorio en el que vive. La politización de la no-ciudadanía de Azoulay, además, diverge de una concepción de conflicto político basado en la violación de los derechos y la limpieza étnica, que posiciona el despojo y la destrucción como problemas morales y éticos – y en el caso de los palestinos – como refugiados desposeídos que exigen restitución y reconocimiento. Desde su perspectiva, la humanitarización de conflictos (es decir, la manera en que los conflictos se plantean como "solucionables" con  ayuda humanitaria) circunscribe nuestro campo de visión ante ellos. ¿Cómo podía conferirse la ciudadanía a los no-ciudadanos que son gobernados como excepción a la regla? ¿Cuáles son las condiciones de visibilidad de los no-ciudadanos o "ciudadanos perjudicados", que podrían abrir la acción política más allá de la denuncia por la violación de sus derechos? ¿Cómo podrían sus ordalías ser politizadas a través de imágenes propias? Por otra parte, ¿Cómo podría la figura de la no-ciudadanía incluir, más allá de los derechos civiles y políticos, derechos económicos y sociales?
Teniendo en cuenta las imágenes de catástrofes y desastres que ya existen, Ariella Azoulay y Susan Sontag nos incitan a asumir la responsabilidad de lo que es visible, haciendo hincapié en el abandono de la ética en los discursos sobre guerra y conflictos, en un esfuerzo por reubicar la política como un espacio de expresión y acción. Hacen énfasis en una praxis visual que implique observar imágenes que lleven consigo las huellas de la perpetuación administrada del desastre, con el fin de conferirles visibilidad, a propósito de establecer un referente que superaría el estado de las imágenes como documentación. Cine y fotografía se plantean no como la documentación de los acontecimientos, sino como un espacio politizado que puede actualizar el discurso y  la acción. En este sentido, el público obediente no se limita a ser una fábrica de signos y el cine recupera su papel como herramienta política, como mediador de las relaciones políticas.

November (2004) de Steyerl es una lectura de nuestro presente neoliberal de Restauración visto a través de la perspectiva del pasado que persiste en el mundo contemporáneo (el legado de la imagen militante, y el imperante deseo y necesidad de este tipo de imagen) y necesariamente reconfigura su relación con la historia (cómo nos situamos en lo que respecta a la historia de los movimientos radicales internacionales de la década de 1960). November plantea además la cuestión: ¿Cómo entender la práctica militante y la imagen militante hoy, en contra de la normalización del neoliberalismo? En su marco de resaca revolucionaria, derrota activista y melancolía enfurecida, el video de Steyerl podría ser considerado como un epílogo a Deutschland im Herbst, una película hecha en 1977 por  Rainer Werner Fassbinder, Volker Schlöndorff y Alexander Kluge. La película es un collage de documental y ficción que muestra a la sociedad alemana lidiando con el fin de la era del terrorismo iniciada por la RAF (Rote Armé Fraktion o la Fracción del Ejército Rojo). El marco de acción de la película es la semana después del 18 de octubre de 1977. Las imágenes documentales que aparecen en el filme son: el funeral de Estado de Hans Martin Schleyer (secuestrado y asesinado por la RAF), los minutos en silencio dentro de la fábrica Daimler-Benz en Stuttgart en nombre de Schleyer, así como imágenes de la marcha fúnebre por Andreas Baader, Gudrun Ensslin y Jan-Carl Raspe en octubre de 1977. La película aborda las consecuencias de la guerra librada en la década de 1970 en Alemania entre el Estado corporativizado y los revolucionarios / terroristas. El episodio firmado por Fassbinder representa el ambiente histérico del pueblo alemán en este periodo. El director de cine, interpretándose a sí mismo, es retratado en medio de una crisis con su novio como analogía a la crisis de la sociedad alemana impulsada por los acontecimientos. Vemos a Fassbinder en la discusión con su madre, criticando su conformismo político y su visión derechista de los hechos ("El estado acertó al matarlos"). Si en Deutschland im Herbst el ideal revolucionario que une a la oposición contra el Estado y las empresas está a punto de morir, y se lamenta colectivamente, en el video de Steyerl, el lamento del fracaso revolucionario se lleva a cabo a nivel personal. El video cuenta la historia de Andrea Wolf, la mejor amiga de Steyerl cuando tenía 17 años, que murió en 1998, cuando le dispararon como a un terrorista kurda en el este de Anatolia. Para Steyerl, el video trata de la liberación tras el fin de la historia, lo que significa que lo que hoy se conoce como terrorismo, antes se llamaba internacionalismo, y que lo único de las revoluciones que se mantiene circulando hoy en día son sus gestos. El video incluye escenas de una película feminista de artes marciales que la artista realizó junto con Andrea a principios de los ochentas. A la luz de la muerte Andrea, la película se había convertido en un documento y en November, Steyerl yuxtapone este viejo material, ya de archivo, con la imagen de Andrea como una revolucionaria y mártir kurda, que se había convertido en un icono itinerante de la resistencia. El uso de la reflexividad de Steyerl, así como la narrativa histórica tejida en el video, enlaza y al mismo tiempo distingue a November de las películas políticas de la década de 1960. Además, en la voz en off, Steyerl afirma: "Noviembre es el tiempo después de octubre, cuando la revolución parece haber terminado y las luchas periféricas devienen en una comunicación imposible". La película plantea preguntas urgentes: ¿Cómo puede la imagen de Andrea, como un icono de la resistencia, ser internacionalizado? La revolución no se trata solo de signos y discursos, sino de gestos, creencias y resonancias. ¿Cómo construir el "lenguaje común" que hoy falta y que podría ser utilizado como una herramienta política?

Al igual que Lettre de Sibérie (1957) de Chris Marker, donde añade diferentes voces en off a la misma secuencia de imágenes, en Respite, Harun Farocki inserta diferentes intertextos en una serie de imágenes que se repite. Esta estrategia sirve tanto para cercar como para ampliar las imágenes. Las imágenes de Respite provienen del ya bien conocido material filmado en el campo de refugiados para la expulsión judía de Alemania construido en Westerbork (Holanda) en 1942, el cual después de la ocupación, se convirtió en un campo de tránsito. La película fue encargada por el oficial nazi Albert Gemmeker a Rudolf Breslauer, un fotógrafo judío que fue finalmente deportado y asesinado. Las imágenes de Breslauer no registran, pero evocan el exterminio, ya que encarnan el deseo de Gemmeker por mostrar la eficiencia económica del campo, el cual es representado como un modelo de productividad. En la película, vemos imágenes en las que los prisioneros de Westerbork aparecen sonrientes, haciendo gimnasia, bailando, haciendo las tareas cotidianas. Las imágenes también muestran a los prisioneros trabajando, registrando a otros reclusos en el campamento o cortando piezas mecánicas, generando una imagen que contiene una mezcla inquietante de trabajo diligente y diversión de campamento de verano.

Al repetir las secuencias e intercalar textos diferentes entre ellas, Farocki re-funcionaliza las imágenes, postulando una nueva relación con la visión y la representación del Holocausto. Por un lado, la repetición de los clips resalta la imposibilidad de las imágenes para tener significados estables. Por otro lado, Farocki  destaca la separación o distancia que existe entre las cosas, las imágenes y nuestra percepción de ellas. Como Steyerl, Farocki también aborda el tema de la trashumancia de imágenes icónicas: la imagen principal de la película es el de una joven que sabe que ha sido deportada a Auschwitz, la misma chica es el tema de la búsqueda de Ad Wagenaar por encontrar su identidad (en su novela: A Roma from Holland). Las imágenes de Breslauer no representan el Holocausto, pero lo registran: la cotidianeidad y la normalidad de sus imágenes resuenan en la mente del espectador con otras escenas e imágenes del Holocausto que habitan nuestra memoria e imaginario colectivo. Respite de Farocki, evoca imágenes de la memoria del exterminio mediante la creación de un palimpsesto compuesto tanto de imágenes percibidas, como de aquellas que son invocadas desde la memoria al percibir las imágenes y relacionarlas con los diferentes intertextos.

Los videos de Steyerl y de Farocki, señalan indirectamente – o a través de diferentes formaciones discursivas – las duras experiencias de los no ciudadanos, como imágenes de militantes y de testimonio. Más allá de un público sometido a imágenes que ya existen de personas sobrellevando catástrofes e injusticias, ¿Cómo puede calcularse y politizarse en el siglo XXI la no-ciudadanía? ¿Qué lenguaje común podría ser el discurso que nazca de estas imágenes? ¿Pueden las imágenes lograr un cambio? ¿Puede mostrarse una imagen de cambio? ¿Qué puede cambiar una imagen?
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Fuentes
•    Ariella Azoulay, The Civil Contract of Photography (Cambridge, Mass., MIT Press, 2009).

•    Alain Badiou, interviewed by Christoph Cox, Molly Whalen “On Evil: An Interview with Alain Badiou” Cabinet Issue 5, Evil Winter 2001/2002. Available online: http://www.cabinetmagazine.org/issues/5/alainbadiou.php

•    Georges Didi-Huberman, Images malgré tout (Paris: Minuit, 2003).

•    Thomas Elsaesser, “Holocaust Memory as the Epistemology of Forgetting? Re-wind and Postponement in Respite,” in Harun Farocki: Against What Against Whom, ed. by Kodwo Eshun and Antje Eheman, (Köln: Walter Konig, 2010).

•    Irmgard Emmelhainz, Review of Ariella Azoulay’s The Civil Contract of Photography, AMCA Journal (September 2009), available online: http://www.amcainternational.org/Irmgard%20final%20edits.pdf

•    Kodwo Eshun & Ros Gray, “The Militant Image: A Ciné-Geography Editor’s Introduction” Third Text 25:1 (March 2011), pp. 1-12.

•    Hal Foster, “Something Becomes Visible,” Artforum (November 2004)

•    Judith Goudsmit and Asad Raza, “Interpretations: Harun Farocki, Respite (2007)” 3 Quarks Daily, available online: http://www.3quarksdaily.com/3quarksdaily/2009/02/interpretations-harun-farocki-respite-2007.html.

•    Pablo Lafuente, “For a Populist Cinema: On Hito Steyerl’s November and Lovely Andrea,” Afterall (Autumn-Winter 2008), available online: http://www.afterall.org/journal/issue.19/populist.cinema.hito.steyerls.november.and.lovely.

•    Garry Leech, “Promoting Injustice: The Bias of Human Rights Watch” Counterpunch, March 13, 2013, available online: http://www.counterpunch.org/2013/03/14/the-bias-of-human-rights-watch/.

•    W.J.T. Mitchell, Iconology: Image, Text, Ideology (Chicago: The University Press, 1996), p. 2.

•    Dominique Païni, “Le retour du flâneur / The Return of the Flaneur,” Art Press 255 (2000), pp. 33-41.

•    Hito Steyerl, “The Articulation of Protest” (September 2002), available online: http://republicart.net/disc/mundial/steyerl02_en.htm

•    Hito Steyerl, “Is a Museum a Factory?” e-flux journal #7 (June 2009) Available online: http://www.e-flux.com/journal/is-a-museum-a-factory/

•    Hito Steyerl, “In Defense of the Poor Image,” e-flux journal #10 (November 2009) available online:

•    Paul Virilio, “The Museum of Accidents” International Journal of Baudrillard Studies Vol. 3, Nr. 2 (July 2006), available online: http://www.ubishops.ca/baudrillardstudies/vol3_2/virilio.htm

•    Annette Wieviorka, The Era of the Witness (Cornell University Press, 2006).




Hito Steyerl. November







Respite.Harun Farocki







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November. Hito Steyerl







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