Demian Mondragón
Hace
diez años comencé una búsqueda espiritual y artística basada en cierta
elementalidad que me iba acercando más al cuerpo al mismo tiempo que me
alejaba de la producción de objetos. Estoy en contra de la
espiritualidad que niega al cuerpo. Creo que ésta se practica con todo
el organismo y con una conciencia del mundo. A partir de este
pensamiento fui desarrollando un trabajo de catarsis corporal en el que
intento denunciar las formas culturales que nos separan del cuerpo y la
complejidad de la mente y que nos traumatizan a partir de prácticas
sociales.
Mi último trabajo es una serie de fotografías realizadas mientras
convalecía en mi casa después de haber pasado por un asalto violento y
por un hospital público, lo que me dejó una gran herida en mi brazo
izquierdo y la imposibilidad de una regeneración total. Al imitar las
poses de esculturas clásicas con mi brazo herido y en el contexto
prosaico de mi entorno cotidiano intentaba hacer una contraposición
trágica contra el clasicismo que pregona la perfección del cuerpo. Esta
fue una denuncia acerca de cómo el impedimento de tener un cuerpo
ideal, en el cual nuestra cultura escolar y mediática nos ha enseñado a
pensar y a desear, genera un trauma, producto de la imposibilidad de
conciliar los procesos de vulnerabilidad del cuerpo con los arquetipos
ideales.
Después de la decepción social debido a las irregularidades
institucionales en las elecciones presidenciales del 2012, realicé un
performance de denuncia a partir de una lectura en donde narraba la
vida marginal y la violación de una persona cercana a mí a quien decidí
dar el nombré de “México”. Cada vez que describía los intentos fallidos
de “México” por tener una vida mejor y el contexto de su violación,
recibía cubetadas de agua helada. Al finalizar el relato grité “Yo
soy”, como alusión al movimiento Yo Soy 132 y a la idea personal de que
toda lucha social es una afirmación del derecho a ser. Con cada
cubetada de agua helada recordaba la incansable lucha de todos nosotros
que día a día intentamos simplemente ser en un contexto político que
impide esta experiencia plena.
Actualmente realizo una investigación académica y artística en la que
exploro el trauma cultural que nos separa de la experiencia de estar en
contacto real con nuestro cuerpo y nuestros deseos, en suma, con
nosotros mismos. Mi hipótesis es que las instituciones culturales
producen esta incapacidad de vernos a nosotros mismos para beneficiarse
de nuestra debilidad (Al estar separados de nuestra identidad
espiritual somos vulnerables y manipulables). Un ejercicio que versa
sobre esto fue realizado en una ex-capilla, ahora Museo de Ex-Teresa.
Ahí me estrellé tres kilos de huevo en el pecho mientras repetía “Yo
pecador” a fin de exponer la humillación obscena del acto penitencial
católico. Considero que cualquier concepto de culpa, vergüenza,
negación o confusión de nuestra naturaleza producen este trauma
espiritual que debe ser combatido con la denuncia, a fin de generar
conciencia, y con una acción en la vida cotidiana que nos lleve a
conectarnos con nosotros mismos a fin de sentir el poder de la vida que
encarnamos y ser personas más conscientes y fuertes.
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