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Nos
encontramos una vez más en la época del año en la que toda la comunidad
del art world americano desea cruzar el mar para visitar festivales,
ferias y acontecimientos como el donaufestival en Krems, Ars
Electronica en Linz, las festividades de Wagner en Liepzig y la Bienal
de Venecia. Si se viaja a Europa por alguna razón, una escala obligada
entre todos los destinos culturales hasta antes del 16 de Junio es
Madrid.
El 12 de Marzo el Museo del Prado inauguró Juan Fernández el Labrador.
Naturalezas Muertas. Conocido como el Labrador por su origen campesino,
este pintor trabajó como criado de un importante noble italiano y
pintor aficionado: Giovanni Battista Crescenzi. Su patrón fue uno de
los promotores de la naturaleza muerta y todo indica que incentivó al
Labrador a que se aplicara en la representación de frutas. El género,
en pleno desarrollo y demanda en la corte madrileña y en toda Europa,
fue manejado por el Labrador con bodegones, tremendamente sencillos y
realistas. Vale la pena montar los ojos sobre Fernández; en un momento
en el que las representaciones se estaban haciendo más complicadas y
barrocas, él se abre paso por el camino de la simplicidad. Su fondo
oscuro y la ausencia de referencias al espacio hace sus cuadros
completamente atemporales, en especial las visiones de los racimos de
uvas suspendidos, de una estética cercana a planteamientos propios del
arte contemporáneo.
La muestra se articula en dos secciones que muestran la evolución del
artista en sus pinturas, desde las primeras obras en las que representa
exclusivamente racimos de uvas, hasta sus últimos cuadros conocidos en
los que las uvas se combinan con otros elementos. La primera parte, Un
Zeuxis moderno, muestra los racimos de uvas como objeto preferente de
representación en la naturaleza muerta desde su origen, a fines del
siglo XVI y principios del XVII. Al mismo tiempo, evoca al público un
remoto episodio en la historia griega: el pintor griego Zeuxis de
Heraclea (siglo V a.C.), en duelo con Apelles, llegó a realizar con tal
fidelidad las uvas que los pájaros acudieron engañados a picotear un
cuadro en el que pintó estas frutas.
En sus primeras obras conocidas, el Labrador solo utilizó uvas
presentadas de forma desconcertante. Los racimos, minuciosamente
detallados, aparecen suspendidos en la oscuridad, violentamente
iluminados y eliminada toda referencia espacial. Su aspecto natural y
de instantánea reta al ojo del espectador de su época, transformándolos
en cuervos que con su mirada, picotean las uvas de este Zeuxis moderno.
Naturaleza en el lienzo: primavera y otoño, muestra las pinturas hechas
por el Labrador después de 1633. Comenzó a pintar composiciones más
complejas en las que las uvas, su verdadera marca de autor, se combinan
con otros elementos. Estos bodegones reúnen siempre especies vegetales
que fructifican en la misma estación, o que se conservan bien en meses
posteriores. Generalmente son productos del final del verano o del
otoño, que conviven con los racimos en pequeñas repisas vistas
frontalmente y destacadas sobre fondos en sombra. A este personal
repertorio unió en 1635, por sugerencia quizás de sus clientes
británicos, la representación de ramos de flores. Con ellas adquirió
fama, por su frescura y sensación realista, incorporando así nuevos
colores primaverales a su paleta.
Aunque hay referencias antiguas a obras del Labrador, en la actualidad
sólo se le pueden atribuir con seguridad trece. La exposición en el
Prado reúne once: siete para Un Zeuxis Moderno, y cuatro para
Naturaleza en el lienzo: primavera y otoño. Esta muestra, curada por
Ángel Aterido, especialista en pintura española del Siglo de Oro, es un
lugar clave para presenciar el minimalismo existente previo al
minimalismo. Las pinturas del Labrador funcionan como una planicie para
descansar entre el caos producido por el miedo al vacío característico
del barroco. Juan Fernández el Labrador es un artista del cuál
conocemos poquísimos datos. Su única obra firmada data de entre 1630 a
1636. Como buen artista misterioso, no se sabe casi nada de su
procedencia ni de su nombre. El Labrador transforma algo sencillo y
natural en un objeto sofisticado. Exhibe las cosas como son: aunque es
naturaleza su concepción no deja de ser moderna. Muestra las imágenes
cortadas en fragmentos, con encuadres casi cinematográficos. Esto
ocurrió hasta los ismos, cuándo Toulouse-Lautrec comenzó a utilizar
fotografías que tomaba para hacer sus pinturas.
Lo más importante de esta muestra es que desea recuperar al Labrador.
Ángel Aterido y el Museo del Prado, esperan que la exhibición ayude a
que aparezcan o se encuentren más obras, ya que por referencias se sabe
que pintó más obras: ente sus clientes estaba el embajador británico,
sir Arthur Hopton, quien envió cuadros del Labrador al rey Carlos I.
También poseyó alguna de sus obras la reina de Francia, Ana de Austria;
fue uno de los pocos artistas españoles que fue conocido fuera de la
Península en el siglo XVII. La exposición recupera para el panorama de
la naturaleza muerta a un artista excepcional, desconocido para el
público en general y especialistas, ya que hasta antes de esta muestra,
unicamente estudiosos de un periodo de la naturaleza muerta, conocían
el trabajo del Labrador.
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