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El shuffle como consumo musical
Daniel Dannemiller
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“Vivimos
en shuffle” es la premisa básica del artículo que publicó Baxter en el
último número de la revista emeequis (299) que lleva por título “El
síndrome del shuffle”. En él comenta sobre cómo los tiempos modernos, y
con ellos el formato mp3, han destruido al disco como modelo de
experiencia estética. Parece ser que ya no hay tiempo ni paciencia para
escuchar discos completos, sobre todo si vienen en acetato. Que la
oferta musical es infinita y por eso no podemos darnos el lujo de
estancarnos en una sola creación. Necesitamos renovarnos
constantemente. El artículo me pareció interesante, aquí van un par de
reflexiones al respecto.
Lo primero que me saltó a la vista fue quisquilloso: la contradicción
de utilizar “síndrome” en el título (el shuffle o sus manifestaciones
como reflejo de alguna enfermedad) y decir que el fenómeno en cuestión
no es ni bueno ni malo. Lo segundo que me atrajo fue el hecho de que su
contraposición entre las formas contemporáneas y las formas de antaño
de escuchar música se enfocara prácticamente a lo físico (en vinyl, de
preferencia), representado por Pink Floyd y los Beatles frente a lo
digital (canciones revueltas en formato playlist) ejemplificado por
mezclas fiesteras donde se alternan JuanGa y Sonic Youth.
El shuffle no es un síndrome, por que el siglo XXI no es ni más ni
menos sano o enfermo que las épocas anteriores. La contraposición
tampoco es tan extrema. El material digital no se limita exclusivamente
a canciones unitarias, revueltas y desperdigadas por doquier en
mixtapes o playlists. Los torrents y los blogs, benditos sean,
continúan compartiendo música en formato álbum.
Creo que la afirmación de vivir en shuffle es demasiado aventurada. Por
lo menos en cuestiones musicales siento que es correcta hasta cierto
punto. No es que vivamos la música en ese formato, es que la consumimos
en shuffle. Hemos dejado de lado la compra de discos (y con ella
su rigidez implícita) para un par de fetichistas. La tendencia que
impera en cuanto al acercamiento musical es transgénero,
transhistórica, transtodo: pasamos de synthpop a dixieland, de stoner a
Death Grips, de música clásica persa a Paradisio. Tendemos a alternar
indiscriminadamente por que podemos hacerlo, por que todo está al
alcance. Un perfecto ejemplo de esto es el crítico musical Anthony
Fantano, que comenta en su canal de YouTube “The Needle Drop” una serie
amplísima de distintos discos, nunca limitándose a un estilo o a un
artista en particular. Fantano es, de igual manera, una manifestación
de que, si bien el shuffle impera en nuestro patrón de consumo, la
cultura del disco o del álbum no ha muerto. No me refiero al álbum como
LP en vinyl sino como concepto, como experiencia estética, como diría
Baxter. Fantano, y con él un innumerable conjunto de críticos siguen
comentando álbumes, no playlists, no mixtapes, no canciones
individuales. Más allá de los críticos, la gran mayoría de los músicos
sigue creando en formato de discos.
La pregunta que viene al caso aquí es ¿por qué existe esta escisión
entre la forma en que creamos y acoplamos música (que sigue siendo
básicamente la misma que existió en los tiempos del Dark Side…) y el
formato en que la consumimos? Pienso que se debe en parte al hecho de
que un disco sigue siendo una unidad intelectual-emocional muchísimo
más completa de lo que podrá ser una lista o una canción. Un álbum no
solo transmite la habilidad de acoplar en función de una idea o una
emoción (cosa que hacen las playlists y los mixtapes), sino que, pone
en evidencia algo que al parecer se nos ha olvidado: demuestra la
creatividad englobada, unida, de sus creadores.
Si bien puede haber mezclas completamente complejas y/o perfectas en
cualquier sentido (emocional, intelectual, lo que sea) el álbum seguirá
reflejando más que eso; seguirá reflejando el genio o el temperamento o
como gusten llamarlo de los músicos en cuestión en una variedad de
aspectos muchísimo más amplia que solo el orden de las canciones.
Siento que, por lo menos en la escucha individual, las canciones logran
explotar su potencial pleno en su contexto inmediato, que es el álbum
para el cual fueron creadas. Quizás la hiper-post-ultra modernidad ha
logrado desvincular a la canción individual de tal contexto, pero si
seguimos haciendo discos es por que seguimos creyendo que tal creación
tiene un lugar; tal creación forma parte de un orden mayor en el que (a
nuestro parecer) suena mejor.
El modo de consumo y descubrimiento en shuffle llegó para quedarse. Sin
embargo, no ha desplazado al disco y su experiencia estética del
terreno. Si reflexionamos un minuto sobre el asunto podemos notar que
esta nueva forma de consumo, de adentrarnos al universo musical es una
cuestión en la que tenemos que decidir qué recibimos: la habilidad de
acoplar a secas o la habilidad de crear y acoplar.
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