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Viento sobre el lago.
Demian Mondragón
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La
obra de Renata Gerlero producida del 2010 al 2013, año en que se
escribe este texto, denota una constante búsqueda a través de pocos
elementos naturales bien escogidos, en los que la pintora persiste para
explorar hasta llegar a traspasar lo evidentemente material, pero sin
dejarlo atrás.
La mayoría de estas obras es realizada a partir de una fotografía. Es
por esto que se observa una composición plástica estructurada a partir
del encuadre fotográfico, por medio del cual se realiza una selección
de la realidad. Sin embargo, ésta no es excluyente, quiero decir que no
lanza a la obscuridad el mundo no captado en ella, sino que más bien da
la ilusión de que el entorno –el resto del mundo que queda fuera—
participa de las mismas características que la imagen seleccionada. A
través del artificio del encuadre se conduce a la mente a extender
hacia lo invisible el fragmento de realidad seleccionado. Ésta es la
aportación que la fotografía hace en la pintura de Renata. No es una
traducción literal de la fotografía a la pintura ni una simple edición,
se trata más bien de una transportación de un lenguaje visual a otro,
es un ejercicio interdisciplinar, complejidad metodológica que exige la
aplicación de un lenguaje a un medio diferente para el que fue creado.
Además de esta transversalidad de los lenguajes visuales, podemos decir
que la transformación es la constante estética en estas obras, cuyo
discurso es la presentación de este proceso como el ejercicio de la
voluntad humana; la dominación de la naturaleza, pero no en el sentido
del colonizador terrateniente, sino del alquimista o el científico que
aprehende el universo a partir de conocer y manipular sus elementos y
jugar con sus leyes, dándoles un nuevo uso. En el óleo titulado
Reflejos las olas del manto acuático aparecen como una escalera que
suben a un cielo dorado abandonando la oscuridad de la gravedad
terrestre. A lo largo de la obra de Renata es recurrente la
transformación de las superficies, que en la naturaleza percibimos como
horizontales, en una pantalla que se yergue vertical como una estela.
Este cambio de orientación, recuerda en un sentido inverso al método de
Jackson Pollock, quien llevó la pintura de la verticalidad del
caballete a la horizontalidad del trabajo en el piso, transformando la
tela incluso en una alfombra por sobre la cual danzaba el pintor como
una nube embriagada de lluvia, dejando caer orgánicamente las gotas de
pintura. Por otro lado, en las imágenes de Renata también hay una
transmutación dimensional, como cuando convierte las multitudes de
hojas de una copa de árbol o las profundidades de los lagos en imágenes
bidimensionales de sombras y planos elongados y sinuosos, que recuerdan
al arte oriental y a los papeles coloreados de Henri Matisse.
A través de años de formación, los motivos que utilizó Gerlero fueron
recurrentemente naturales, como continúan siendo en sus últimos
grabados, algunos de los cuales fueron realizados con una técnica que
expresa su carácter orgánico. De forma muy evidente se percibe ésto
cuando utiliza el aguatinta al azúcar, entonces los contornos y las
líneas del dibujo recuerdan ríos o accidentes geológicos en miniatura.
Pero estas no son las únicas marcas que observamos especialmente en sus
grabados, a veces en los fondos vemos pequeños rasguños, marcas muy
sutiles que podrían no ser percibidas si se mira rápidamente, sin
atención. Son huellas semejantes a las que aparecen en la piel humana,
en el hielo o en una hoja. Son marcas arquetípicas que evocan los
procesos vivos en la naturaleza, cicatrices que aparecen por el
contacto con los seres del mundo. Este recurso, además de enriquecer
formalmente el fondo nos habla del proceso de estar vivo. Esta es una
pista que nos conduce nuevamente a pensar la obra de Renata como una
búsqueda de la esencialidad humana expresada en la vida y no en un
ideal invisible como una condición después de la muerte o una sustancia
imperceptible. Debido a esto, su obra puede considerarse, además de
espiritual, erótica, ya que estas marcas vivas dotan de una amorosa
sensualidad a la superficie de sus grabados.
El tema de la sensualidad vuelve a aparecer en motivos como la
superficie de agua o el vapor, ambos evocadores del sentido ciego del
tacto, de sensaciones que pertenecen al órgano de la piel, al reino del
cuerpo y no de la mente. En una lectura clásica de los sentidos, es
decir, proveniente del racionalismo, la vista es un sentido vinculado
al pensamiento, en parte porque los ojos ocupan un sitio ―noble‖ en la
parte superior del cuerpo, mientras que el tacto se pierde en la
extensión de éste, llegando a lugares innobles y obscenos indignos de
nombrar. Este prejuicio racionalista que organiza en categorías morales
los sentidos ha sido contestado desde hace siglos por discursos como el
romanticismo o las vanguardias de todo el siglo XX y el arte actual,
sin embargo, esto no significa que se haya extinguido el predominio de
lo visual en el arte. De hecho, las artistas feministas, consideradas
muchas veces como activistas contraculturales, lograron esa reputación
en parte por su exacerbación de lo que se considera innoble en una
cultura predominantemente racionalista. Tal vez inconscientemente,
Renata Gerlero es heredera de estas luchas en el arte ganadas por las
mujeres desde los años setenta. Por eso es tan importante que el tema
de la sensualidad se muestre a través de la representación de lo
invisible y lo táctil. La voluptuosidad sutil de las olas pintadas o
grabadas por Renata son como mantos frescos que invitan a ser tocados y
en donde todo el cuerpo puede sumergirse y, también, ser tocado. Su
representación visual es sólo el medio para hablar de algo más profundo
y extenso que involucra la corporeidad.
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