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Negermusik
Dib Dannemiller
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Mi
año comenzó con el chequeo cuasi-religioso de las listas de lo mejor
del 2012. Mientras comentaba el nuevo estado de vaca sagrada de Jack
White con un amigo, éste mencionó un par de cosas sobre música nazi
(por alguna razón). Además de unas cuantas observaciones sobre cantos
marciales y reinterpretaciones de Wagner, tuve la suerte de que me
platicara sobre Charlie and his orchestra, un conjunto que se dedicó a
tocar el mejor swing nazi de la época. Así es, swing nazi.
Lo que obviamente llamó mi atención de inmediato fue la yuxtaposición
del estilo afroamericano, popularizado por judíos, con un discurso
fascista-racista. El oxímoron andante, si se quiere. Como ya todos
escuchamos a Jack White, a los Deftones y a Tame Impala, decidí hablar
un poco sobre esta peculiaridad olvidada.
Desde las marchas militares, pasando por la conmemoración del triunfo
ruso sobre las fuerzas napoleónicas con la obertura 1812 de Tchaikovsky
hasta el I am the war de Sodom podemos ver que la música y la guerra
han sido buenas compañeras a lo largo de la historia. Con la
popularización de la radio a principios del siglo XX, esta relación la
música, distribuida ahora a millones de personas, se reafirmó como
aparato político. Más allá de intervenir en el discurso bélico como un
mero estimulante o recordatorio, la música, ahora mayoritariamente
letrada, comenzó a ser empleada como un medio propagandístico. Para
principios de la década de los 30, la ideología se entrecruzaba con las
notas para crear temas que hablaran, no sobre la tristeza, la cocaína o
el sexo (recordemos a los Ink Spots y a Dick Justice), sino sobre
intereses políticos específicos, como Mr. Hitler de Leadbelly, Der
Fuhrer’s face de Johnny Bond o la reinterpretación de Yankee Doodle a
cargo de la orquesta de Luis Oliveira y Walt Disney. El estilo musical
se prestaba para que la burla y la sátira estuvieran a la orden del día
Sin embargo, todo eso sucedió de este lado del Atlántico. Mientras
figuras como Cab Calloway y Louis Armstrong comenzaban a adquirir
notoriedad en EU, Alemania se adentraba rápidamente en el régimen nazi.
Con la llegada al poder de Hitler se crearon diversos órganos estatales
centrados en la cultura, cuya principal pretensión fue asegurar la
creación y recepción de “arte puro”; sobresalen, para este caso en
específico, la Cámara Imperial de Cultura y su subalterna Cámara
Imperial de Música. A la par de la creación de estas potentes
instituciones vino la apropiación de un de un concepto creado años
atrás por Max Nordau que fungió como respaldo intelectual de las
entidades mencionadas: entartete kunst, o sea “arte degenerado”.
Básicamente todo el arte moderno quedó encasillado en este término
despectivo. Lo único permitido era sumamente clasicista y debía tener
un contenido político neutro o bien favorable al régimen. En el campo
musical se aplicaron medidas estrictas que restringieron la creatividad
de diversos artistas de la época. A pesar de su amplia popularidad en
el público alemán, para 1935 el swing fue prohibido de la radio alemana
y obtuvo el apodo peyorativo de negermusik (música negra) gracias a
Eugen Hadamovsky, el locutor de la radio del Reich.
Poco tiempo después, en 1937 y 38, se produjeron dos exposiciones que
pretendían poner en evidencia los mejores ejemplares de la
“degeneración”. Dix, Ernst y Kandinsky figuraron en la sección
pictórica, mientras que en la muestra de entartete musik se presentaron
piezas y posters del swing, como el presentado un par de líneas arriba.
Parecería que los nazis estaban tomándose bastante en serio la idea de
la “limpieza cultural”. Sin embargo, a un año del comienzo de la
guerra, Goebbels decidió tomarse una pequeña licencia y patrocinar, con
fines meramente propagandísticos, un grupo de swing. El ministro de
propaganda fijó su oído en una agrupación que recién había integrado a
Karl Schwedler, “Charlie”, un funcionario público del departamento de
transmisión del ministerio de relaciones exteriores que hablaba un
inglés perfecto, poseía cierto talento para cantar melosamente y una
particular habilidad para alterar las letras de los hits gringos del
momento a favor del régimen. A sabiendas de que no podía transmitir tal
música dentro del Reich, Goebbels optó por enviar las grabaciones de
este conjunto a Inglaterra y Estados Unidos, esperando en cierta medida
que surtieran algún efecto en los radioescuchas de las democracias
occidentales.
De nuevo, el mensaje ideológico estaba cifrado en un tono completamente
burlón. En lugar de recrear el éxito Slumming on Park Avenue
interpretado por Alice Faye, a Karl se le ocurrió cambiar ligeramente
la letra de la canción y crear, de tal manera, una de las joyas
olvidadas del humor negro, Let’s go bombing. La pieza versa, entre
solos alegres y contratiempos movidos, “let’s do it, let’s bomb
neutrals to, let’s go bombing it’s becoming quite the thing to do”.
Además de reinterpretar canciones para darles un contenido nazi y un
modo satírico, Charlie and his orchestra fue capaz de crear sus propios
temas como The man with the big cigar, que hace alusión a Winston
Churchill. Y, por si fuera poco, también tuvo el buen gusto de
interpretar grandes clásicos sin modificar su contenido, como You’re
driving me crazy y St. Louis Blues. A pesar del entusiasmo con que
Goebbels movió y distribuyó las grabaciones de la banda, esta no obtuvo
nada de éxito entre los consumidores aliados y, para 1945, emitieron su
última grabación.
A pesar del claro mensaje nazi que los músicos de Charlie’s pretendían
transmitir de forma humorística, la idea del grupo, el concepto de
swing nazi, de negermusik, resulta ser no solo una bella metáfora
de la contradicción y el sinsentido, sino de lo absurda que siempre
resultará la obsesión obscena del estado por controlar la producción
artística.
Últimamente he visto algunas fotos “chistosas” o peculiares de Hitler y
de varios miembros del gabinete nazi circular por las redes sociales.
Tomas del führer revisando los senos de varias valkirias sajonas
mientras sonríe coquetamente o de la división bosnia musulmana de las
SS, solo muestran que las curiosidades nazis están a la orden del
día. Charlie and his orchestra es una de aquellas rarezas que no deben
ser olvidadas.
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