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Una
de las problemáticas principales en el arte es el de tratar de dejar de
lado la producción de objetos como labor principal. De distintas
maneras se ha intentado abandonar al fetiche para intentar reducir el
arte a su mínima expresión. Desde los sesentas, Gustav Metzger, quién
huyó e Alemania en el Kindertransport, abrío un brecha en el camino de
las ideas al redactar el manifiesto del arte autodestructivo. Con sus
bastidores de nylon, Metzger liberaba a los paisaje prisoneros en las
telas al desintegrarlas utilizando solventes.
Del mismo modo, ya en 1967, Agnes Martin, tras 10 años dedicando su
energía al dibujo, la pintura y la gráfica, decidió recopilarlo para
después destruirlo. Unos años antes John Latham masticó y disolvió en
ácido con sus alumnos el libro Art and Culture de Greenberg en el San
Martin’s College Devolvió los restos en un frasco a la biblioteca,
acción que le hizo conseguir una carta de expulsión de San Martin’s,
misma que al poco tiempo vendió al MoMA. Durante su veintiava década
Rauschenberg lanzó un conjunto de piezas suyas al río Arno. A sus
treinta y tantos destruyó un conjunto de cuadros que Der Spiegel valuó
como una pérdida de $655 millónes de dólares. De cualquier manera para
Richter haber triturado sus pinturas siempre se ha mantenido como un
gran acto de liberación. Otro ejemplo curioso está presente tanto
en Jasper Johns como Gilberto Aceves, en los que trás haber consolidado
un estilo carácterístico y quedar posicionados como jóvenes promesas,
destruyeron el mismo generando algo totalmente distinto.
Al parecer los artistas han deseado liberarse de sus fetiches desde
hace miles de años , Zeuxis y Apelles pelaban por ver quién lograba
construir una imagen incorpore que pudiera replicar a la naturaleza.
Aunque Zeuxis es vencido por Apelles, su triunfo está en que un cuervo
picotée y destruya su cuadro para intentar llevarse las olivas. Ya bien
entrados en los ismos, Monet, creca de 1909, destruyó antes de una
inauguración una de sus mejores series de lirios. Según Paul Hayes
Tucker, rebanó al menos 30 pinturas. Sin embargo aunque Rauchenberg y
Monet no hicieron nada con los restos de sus cuadros, a diferencia de
Susan Hiller quien metió en un tubo de ensayo las cenizas de sus
trabajos selectos, pintados entre 1967 y 1972, no podemos dejar de
hacer referencia al fetiche, y afirmarlo al rechazarlo o intentar
destruirlo o desplazarlo a un nivel inferior.
Podemos pensar y torturar nuestra mente con cuánto patrimonio
histórico-cultural se ha perdido a lo largo de nuestra historia con tan
sólo estos pocos de los muchísimos casos de destrucción cultural
masiva; en cuestion económica las pérdidas son incalculables.
Curiosamente, sólo los curadores y escolásticos no se oponen a que los
artistas se re-editen o modifiquen objetos o planteamientos anteriores.
Ha habido artistas que se han hecho de mala fama o incluso se han
devaluado por sobresaturar el mercado con sus obras, vendiendo cosas de
excelente y muy pobre calidad. Dado que el arte tiene el poder de
educar, o de cambiar maneras de ver o pensar, siempre se ha intentado
dominar y querer decidir por los artistas qué es lo que debe ser su
legado permanente, y al parecer siempre habrá unos cuantos que se
rebelen y nos hagan mirar hacía un punto mucho más crítico,
selectivo y sin prejuicios.
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John Latham, Firenze, 1967, espuma de poliuretano, libros, tubos de plástico.
Susan Hiller, Hand Grenades, 1969-72, Cenizas de pinturas en 12 frascos de vidrio.
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