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No
puedo definir exactamente qué es una mujer. La R.A.E. no puede definir
la palabra sin caer en tautologías. En su diccionario la define como
“persona del sexo femenino”, siendo sexo la “condición orgánica,
masculina o femenina de los animales y las plantas” y femenino lo
“propio de las mujeres”. Con un poco más de suerte otros diccionarios
utilizan la palabra fémina en la definición de mujer, que se
entiende cómo el sexo que se reproduce a través de ovarios; pero más
afortunada aún es la definición de femenino como “que tiene las
cualidades o apariencia tradicionalmente asociada con la mujer,
especialmente la delicadeza y la bonitura.”
La mujer es un constructo cultural. Si uno logra desprenderse de la
parte que alude a la propiedad reproductiva del individuo en la
definición, podemos ver que nos enfrentamos a una serie de dictámenes
etéreos que se suceden en la historia conforme su contexto y tiempo
cambian. Cada sociedad tiene sus propios valores para definir lo
femenino. No podemos conformarnos con la producción de óvulos para
definir a la mujer, meramente por el pragmatismo de que en las
sociedades cosmopolitas a una persona del género femenino no se le deja
de considerar “mujer” al no concebir, exceptuando, por supuesto a
aquellas que se ven hundidas en el machismo. Como resultado de esto
bien podríamos asirnos a la norma de que cualquier cuerpo femenino se
entiende como una mujer, añadiendo entonces, por concordancia, a
cualquier persona transexual.
“on ne naît pas femme: on le devient.”
Para Simone de Beauvoir esto era muy claro para 1949; sin embargo a más
de sesenta años de la publicación de Le Deuxième Sexe la discusión
sobre las posibles arbitrariedades de este constructo cultural y sus
repercusiones en la esfera pública y el orden social siguen
desarrollando nuevas interrogantes. La visualidad de lo femenino ha
ayudado a hacernos de ciertos sesgos para lograr una distinción de
géneros. Las mujeres suelen distinguirse por su cabello estilizado y
generalmente largo, la silueta pronunciada de su vestimenta, los
colores que utiliza para adornar todo su cuerpo, el maquillaje en el
rostro, el cubrimiento o disimulo de imperfecciones, el decorado de
uñas, el zapato ensalzador de postura y prácticamente carente de
ergonomía, junto con una serie de accesorios, son instrumentos que
facilitan esta distinción en la
cotidianidad.
A puerta cerrada se presenta la incómoda realidad: Cualquier humano
nace con una serie de características que discrepan con las nociones de
femineidad y la mujer bella. Si alguien tratara de hacer toda la rutina
para nivelarse con estos preceptos podría tomarle todo el día. La
limpieza y restauración de la piel y el cabello, la acicaladura de las
uñas de manos y pies, la depilación o decoloramiento del vello excesivo
en cejas, bigote, axilas, piernas y cualquier otra parte donde se le
pueda encontrar más allá del cuero cabelludo, el velo de maquillaje y
el arreglo de la ropa; todo esto siendo lo más básico del proceso. Ser
mujer es una inversión de tiempo y dinero en aras de diferentes
propósitos y la industria lo sabe bien. Siempre hay algún producto o
tratamiento para vernos mejor, mas bellas, mas femeninas. Un cuerpo
femenino, una mujer, se esculpe, se desbasta. El vello, las
imperfecciones cutáneas y, en décadas recientes, la grasa son
absolutamente inadmisibles en la noción típica de belleza femenina.
Esta caracterización no es una cuestión de comodidad o funcionalidad;
si algo hay detrás de la femineidad es dolor e inconvenientes. Las
dificultades que los atuendos femeninos presentan a las personas que
los usan puede terminar en una versión poco placentera de las
situaciones actuadas por las pin-ups de los años 50's. El dolor
involucra desde el ardor de la depilación de la corva de la pierna
hasta la displasia lumbar por el uso de tacones. Lo que sea por
reafirmarse como la otredad del hombre, fulminándose todo rastro
visible de testosterona de nuestro cuerpo. Y tal vez sería conveniente
aclarar que aunque parezcan golpes de pecho es un precio que siempre he
estado dispuesta a pagar por satisfacción a mi vanidad.
El discurso visual de las feministas renegaba estas “imposiciones”
culturales, constantemente promoviendo el abdicar estas rutinas; sin
embargo, con el tiempo la asociación del feminismo con estas demandas
ha ido cambiando. Como es esperado de todas las oposiciones culturales,
eventualmente el feminismo de las generaciones pasadas comenzó a
parecer una fórmula y grupos de mujeres comenzaron a rehusarse a
uniformar su apariencia por una correspondencia de pensamiento. Parece
increíble que el impulso emancipador de algunos sectores de la sociedad
llevó a los mismos a autodeterminarse como otredades, suministrando a
los involucrados de símbolos visuales prácticos para delimitar al grupo.
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Mujeres con ideales feministas que se rasuran las piernas son
consideradas por algunas ultrafeministas como aún prisioneras de la
sociedad, con ideales tibios y cuestionables. Lesbianas de apariencia
delicada que utilizan vestidos y maquillaje (lipstick lesbians) llegan
a ser consideradas incongruentes o con un pie aún dentro del closet,
incluso “probablemente ni lesbianas son”. Tal pareciera que cualquier
mujer queer o feminista tiene la obligación de gustar de su cuerpo sin
importar como sea, como si no tuviera derecho a la vanidad. En las
sociedades donde la cultura siempre ha sido binaria es comprensible
este fenómeno, sin embargo con el tiempo las cosas no pueden resistirse
más a entrar al lado gris.
Es verdad que los parámetros de belleza en la mujer se basan en el
resaltamiento de señales e impulsos primitivos y nociones culturales
que pueden rastrearse hasta el medievo. También es cierto que estos
valores son los que facilitan la vanidad, es decir, sin ellos sería
imposible ponderarnos a nosotros mismos o sabernos atractivos, bellos,
admirados y seductores. Pero creo que no desvarío al aseverar que
nadie, ni la persona con los ideales mas antitéticos se rehusa a la
satisfacción del halago, claro, aceptando que el entendimiento de los
comentarios recibidos como algo positivo varía según los preceptos de
cada individuo. ¿Realmente el rendimiento ante la vanidad es algo tan
discrepante con la búsqueda de la equidad de género y la homosexualidad
como postura política? ¿Realmente estos grupos quieren seguir con esta
marginalidad como entidades únicas e inalterables? ¿Qué sucede ahora
que los valores de los sistemas y sus contrapartes se conjugan cada vez
con más recurrencia?
El binarismo de género es algo que lentamente se deja ver obsoleto y
caduco. Una ola de feminismo híbrido y queer culture joven comienza a
refrescar con una cultura visual que cuestiona la virtualidad a la que
se acostumbraron varias sociedades para definir sectores con
preferencias e ideologías opositoras. A veces lo que vemos ya no es lo
que parece.
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