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On le deviant.
Adriana García






No puedo definir exactamente qué es una mujer. La R.A.E. no puede definir la palabra sin caer en tautologías. En su diccionario la define como “persona del sexo femenino”, siendo sexo la “condición orgánica, masculina o femenina de los animales y las plantas” y femenino lo “propio de las mujeres”. Con un poco más de suerte otros diccionarios utilizan la palabra fémina en la definición de mujer,  que se entiende cómo el sexo que se reproduce a través de ovarios; pero más afortunada aún es la definición de femenino como “que tiene las cualidades o apariencia tradicionalmente asociada con la mujer, especialmente la delicadeza y la bonitura.”

La mujer es un constructo cultural. Si uno logra desprenderse de la parte que alude a la propiedad reproductiva del individuo en la definición, podemos ver que nos enfrentamos a una serie de dictámenes etéreos que se suceden en la historia conforme su contexto y tiempo cambian. Cada sociedad tiene sus propios valores para definir lo femenino. No podemos conformarnos con la producción de óvulos para definir a la mujer, meramente por el pragmatismo de que en las sociedades cosmopolitas a una persona del género femenino no se le deja de considerar “mujer” al no concebir, exceptuando, por supuesto a aquellas que se ven hundidas en el machismo. Como resultado de esto bien podríamos asirnos a la norma de que cualquier cuerpo femenino se entiende como una mujer, añadiendo entonces, por concordancia, a cualquier persona transexual.

“on ne naît pas femme: on le devient.”
 
Para Simone de Beauvoir esto era muy claro para 1949; sin embargo a más de sesenta años de la publicación de Le Deuxième Sexe la discusión sobre las posibles arbitrariedades de este constructo cultural y sus repercusiones en la esfera pública y el orden social siguen desarrollando nuevas interrogantes. La visualidad de lo femenino ha ayudado a hacernos de ciertos sesgos para lograr una distinción de géneros. Las mujeres suelen distinguirse por su cabello estilizado y generalmente largo, la silueta pronunciada de su vestimenta, los colores que utiliza para adornar todo su cuerpo, el maquillaje en el rostro, el cubrimiento o disimulo de imperfecciones, el decorado de uñas, el zapato ensalzador de postura y prácticamente carente de ergonomía, junto con una serie de accesorios, son instrumentos que facilitan esta distinción en la cotidianidad.                

A puerta cerrada se presenta la incómoda realidad: Cualquier humano nace con una serie de características que discrepan con las nociones de femineidad y la mujer bella. Si alguien tratara de hacer toda la rutina para nivelarse con estos preceptos podría tomarle todo el día.  La limpieza y restauración de la piel y el cabello, la acicaladura de las uñas de manos y pies, la depilación o decoloramiento del vello excesivo en cejas, bigote, axilas, piernas y cualquier otra parte donde se le pueda encontrar más allá del cuero cabelludo, el velo de maquillaje y el arreglo de la ropa; todo esto siendo lo más básico del proceso. Ser mujer es una inversión de tiempo y dinero en aras de diferentes propósitos y la industria lo sabe bien. Siempre hay algún producto o tratamiento para vernos mejor, mas bellas, mas femeninas. Un cuerpo femenino, una mujer, se esculpe, se desbasta. El vello, las imperfecciones cutáneas y, en décadas recientes, la grasa son absolutamente inadmisibles en la noción típica de belleza femenina. Esta caracterización no es una cuestión de comodidad o funcionalidad; si algo hay detrás de la femineidad es dolor e inconvenientes. Las dificultades que los atuendos femeninos presentan a las personas que los usan puede terminar en una versión poco placentera de las situaciones actuadas por las pin-ups de los años 50's. El dolor involucra desde el ardor de la depilación de la corva de la pierna hasta la displasia lumbar por el uso de tacones. Lo que sea por reafirmarse como la otredad del hombre, fulminándose todo rastro visible de testosterona de nuestro cuerpo. Y tal vez sería conveniente aclarar que aunque parezcan golpes de pecho es un precio que siempre he estado dispuesta a pagar por satisfacción a mi vanidad.

El discurso visual de las feministas renegaba estas “imposiciones” culturales, constantemente promoviendo el abdicar estas rutinas; sin embargo, con el tiempo la asociación del feminismo con estas demandas ha ido cambiando. Como es esperado de todas las oposiciones culturales, eventualmente el feminismo de las generaciones pasadas comenzó a parecer una fórmula y grupos de mujeres comenzaron a rehusarse a uniformar su apariencia por una correspondencia de pensamiento. Parece increíble que el impulso emancipador de algunos sectores de la sociedad llevó a los mismos a autodeterminarse como otredades, suministrando a los involucrados de símbolos visuales prácticos para delimitar al grupo.


Mujeres con ideales feministas que se rasuran las piernas son consideradas por algunas ultrafeministas como aún prisioneras de la sociedad, con ideales tibios y cuestionables. Lesbianas de apariencia delicada que utilizan vestidos y maquillaje (lipstick lesbians) llegan a ser consideradas incongruentes o con un pie aún dentro del closet, incluso “probablemente ni lesbianas son”. Tal pareciera que cualquier mujer queer o feminista tiene la obligación de gustar de su cuerpo sin importar como sea, como si no tuviera derecho a la vanidad. En las sociedades donde la cultura siempre ha sido binaria es comprensible este fenómeno, sin embargo con el tiempo las cosas no pueden resistirse más a entrar al lado gris.

Es verdad que los parámetros de belleza en la mujer se basan en el resaltamiento de señales e impulsos primitivos y nociones culturales que pueden rastrearse hasta el medievo. También es cierto que estos valores son los que facilitan la vanidad, es decir, sin ellos sería imposible ponderarnos a nosotros mismos o sabernos atractivos, bellos, admirados y seductores. Pero creo que no desvarío al aseverar que nadie, ni la persona con los ideales mas antitéticos se rehusa a la satisfacción del halago, claro, aceptando que el entendimiento de los comentarios recibidos como algo positivo varía según los preceptos de cada individuo. ¿Realmente el rendimiento ante la vanidad es algo tan discrepante con la búsqueda de la equidad de género y la homosexualidad como postura política? ¿Realmente estos grupos quieren seguir con esta marginalidad como entidades únicas e inalterables? ¿Qué sucede ahora que los valores de los sistemas y sus contrapartes se conjugan cada vez con más recurrencia?

El binarismo de género es algo que lentamente se deja ver obsoleto y caduco. Una ola de feminismo híbrido y queer culture joven comienza a refrescar con una cultura visual que cuestiona la virtualidad a la que  se acostumbraron varias sociedades para definir sectores con preferencias e ideologías opositoras. A veces lo que vemos ya no es lo que parece.













 dr^k magazine 2013, Ciudad de México.
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