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 Summer-Fall septiembre 2014
  Contemporary art & theory journal

Pensamientos sobre la pintura en México.
Alonso Cedillo
          

Desde los años 90, la pintura en México ha vivido bajo una paranoia perene de ser desplazada o perder el lugar que el Sindicato de Muralistas definió como su territorio después de la Revolución. Como consecuencia, muchos pintores han intentado e intentan ejecutar un fratricidio para ganar tranquilidad bajo la bandera de la pintura como “la” forma que debiera tener el arte.

Esto ha dividido al campo de la pintura en dos grupos: quienes se han reafirmado como pintores a partir de la convivencia del arte mexicano con otros medios y los que declaran que la pintura es víctima de un desplazo, o bien que está siendo aniquilada. Irónicamente los últimos años han mostrado como diversos artista que trabajan con medios ajenos a la pintura, como Jeff Koons y Damien Hirst, han echado raíces en este medio también. Tanto Koons como Hirst son considerados dos de los empresarios más grandes del arte. Por lo mismo podemos asumir que su interés por la pintura sólo tiene como razón de ser, que la pintura nunca ha perdido su presencia ni su auge en el mercado ni en el mundo del arte, ni mucho menos ha muerto.

Si recordamos los orígenes de la instalación e incluso el performance, podemos ver cómo éste se dio en gran parte por pintores que no se conformaban con las posibilidades del bastidor, como fueron las instalaciones y ensambles de Rauchenberg y Kieffer, y las action paintings de Pollock y Klein.

Han existido una amplia gama de pintores mexicanos que se han resistido a declararle la guerra al resto de las artes, yendo desde nuestro tardío expresionismo abstracto con pintores como Aceves Navarro, García Ponce, Lilia Carrillo, Gunther Gerzso, Irma Palacios, Luis Lopez Loza  e incluso Felguerez con sus acercamientos al arte digital y multimedia, hasta llegar a Francisco Toledo, Cisco Jiménez, Fernanda Brunet y Marco Arce.

Por otra parte, un factor que ha pasado a definir lo que es la “buena” o legítima pintura Mexicana es la existencia de la Colección Blaisten, la cual resguarda (entre muchas otras) pinturas de casi todos los artistas que mencioné anteriormente. Lo que comenzó en un inicio coleccionando la obra de María Izquierdo, junto con la obra de sus maestros y compañeros en la ENAP, la colección de Andrés Blaisten resguarda al día de hoy arte colonial; pintura modernista y de las vanguardias; la escuela clásica mexicana; la generación de la ruptura; y la nueva pintura del siglo 21. Esto la ha transformado en un titan de la pintura en México, con todas las capacidades para declarase, no sólo su centro, sino su casa. Si vemos a México como una (de las tantas) Meca de la pintura, entonces sería justo reconocer que la Colección Blaisten es su Kabah.

Aunque le debemos mucho a dicha colección, los problemas que nos ha generado la centrificación de nuestra pintura son grandes y estamos viviendo consecuencias fuertes. Aunque la metáfora con la Kabah no es del todo adecuada (ya que la Kabah representa la destrucción de la adoración a los idolos y el fin de la representación de lo irrepresentable (Allah)), declarar que lo único válido es adorar y producir en dirección a nuestra Kabah (Colección Blaisten) es reducir incluso las posibilidades mismas de la pintura.

Aunque nos resulte difícil o amargo aceptarlo, las colecciones de arte como tal, siempre han tenido un pasado oscuro. Desde su nacimiento con el imperio Napoleónico; pasando por las colecciones de Hitler (tanto del arte que debe ser como las del que no debe ser); y el hipercamuflaje de los palacios como museos (junto con el rechazo de los mismos por parte del pueblo hasta el surgimiento de los museos de Historia Natural); las colecciones de arte han representado no sólo a las elites sino el deber ser del arte. Cada colección que se legitimiza acuña dos leyes que determinan 1) el cómo debe de ser la pintura u otra disciplina como obra, y 2) el cómo debe utilizarse como medio. En este sentido, los museos son enemigos de la pintura liberada.


















Como consecuencia el crear o expresarse a través de la pintura se ha visto comúnmente regido, especialmente en México por una ley absolutista que encasilla al arte en lo que podríamos ver y entender como un manierismo.  Uno que ya ni siquiera entiende lo que replica sino que únicamente lo hace por que siente el deber de hacer vigentes los cánones y regímenes de la visión que tuvo la pintura en el pasado. Por lo mismo el 99% de las veces lo deforma y corporiza volviéndolo un engendro. Esto transforma a la pintura en un feto impaciente que para intentar tomar el control del espacio fuera de su placenta, decide nacer prematuramente, omitiendo su maduración con el fin de mantener la forma que en algún punto en la historia se tuvo y que posteriormente debía de dejar de ser con la finalidad de liberarse de su matriz.

El arte se independizó de la artesanía en el momento en el que la pintura se separó de las cortes y dejó de responder a los gustos y exigencias de un individuo para satisfacer al mercado. Sin embargo al poco tiempo la libertad ganada se vio sustituida por el encarcelamiento de trabajar solo para satisfacer al boom de ciertas corrientes artísticas.  A su vez el mercado ha sido el pretexto perfecto para que continúen existiendo los llamados “artistas torturados” que sin duda abundan en la pintura mexicana. Ellos se caracterizan por ganar importancia apelando al sufrimiento escenificado, cuando la realidad actual es que todos los artistas somos torturados. Según Hans-Peter Zimmer “en la actualidad los artistas son perseguidos con agujas invisibles, es decir, con argumentos susurrados al oído. En la calle, en la cama, en el bosque, se les dice: cambia de profesión , emigra, ve al siquiatra… y todo esto es una perversión que viene de la política, que se siente amenazada por la existencia de una libertad lúdica que genera valores incorporados”. Los artistas debemos ser capaces de superar eso. Somos el sello privado del recurso más grande de la economía: la creatividad.

Por lo general el hecho de que un slogan o concepto esten sobredeterminados es una garantía de éxito en el mercado. Desde que se dejó atrás el post-impresionismo, el artista pasó de ser un paria que encarnaba la locura para establecerse como alguien que produce para si mismo y para los demás. Ese es exactamente el concepto del libre empresario. Por consiguiente podemos identificar dos tipos de artista: el artista empresario de capital (exitoso o fracasado) y el artista empresario de la cultura, el cual se identifica más con la bohemia o con su variante digital del siglo 21.

La razón por la que me permito dudar de la gran horda de pintores torturados que han surgido en los últimos años es porque han transformado la persecución que sufría el arte en una autopersecución. En palabras de Christopher Baldeney, Rudolphe Gasché y Dieter Kunzelmann en Aspekte und Konklusionen, “ Aquel que hoy se mantiene en el mercado del arte como movimiento de vanguradia, o que se retira del mercado esperando ser descubierto por el reflector de la esfera pública declarándose genio no reconocido, defensor del patrimonio cultural nacional, o gruñón intelectual, debe ser desenmascarado como alguien involucrado aún con más fuerza con el orden existente, dado que su oposición se lleva a cabo dentro de la zona legal de una locura permitida y bien dosificada”.

En base a lo anterior podemos preguntarnos, ¿en verdad están tan lejos estos pintores torturados que asedian a la pintura mexicana lejos de digamos, Gabriel Orozco o Abraham Cruz Villegas? ¿En verdad luchan por un mundo del arte y una pintura libre? ¿O simplemente intenta derrumbar un regimen que se ha podrido desde adentro para reemplazarlo, no con algo mejor, sino con un regimen totalitario? ¿Es el fratricido propuesto por ellos el futuro que más nos conviene y será capaz de liberar a la pintura? ¿O es más bien la verdadera causa del mal que viene sufriendo la pintura en México desde hace más de 20 años?